El advenimiento de una tecnología capaz de producir y sostener lenguaje tendrá, inevitablemente, efectos en la manera en que entendemos, practicamos y valoramos la conversación. Un uso bastante paradójico que se ha encontrado que tienen los LLM en la vida cotidiana es que se les solicita discurso; hoy alguien puede preguntarle a ChatGPT qué contestarle a su pareja, cómo interpretar un mensaje, cómo formular una disculpa o si tiene razón en una discusión. La IA se va convirtiendo en una mediadora invisible de la conversación humana. Lacan, en su seminario 20, Aún, menciona algo así como que la carta de amor intenta suplir, mediante significantes, aquello que entre dos sujetos permanece imposible: el amor. La carta de amor reemplaza lo que todavía no es ni será. Bueno, esta idea sirve para pensar que las respuestas de un modelo de lenguaje reemplazan una ausencia: cada vez conversamos menos. A falta de palabra, palabra artificial. Veamos algunos datos: en Canadá, Statistics Canada muestra una caída muy clara y es que, entre las personas de 15 a 24 años, la proporción que pasaba tiempo con amigos en un día cualquiera cayó de 72.4 % en 1986 a 40.8 % en 2022. En el grupo de 25 a 64 años pasó de 42.3 % a 13.9 %. Conversamos menos en presencia física (no digital) porque pasamos menos tiempo juntos y más en soledad. La OMS recoge estudios que estiman una prevalencia de soledad de entre 25 % y 32 % en América Latina, una cifra alta en comparación con otras regiones del mundo. Ahora, desde 2022 agregamos otra variable: la IA. Los LLM son sistemas autorregresivos entrenados para estimar la probabilidad del siguiente token dada una secuencia previa. Somos nosotros quienes les atribuimos la capacidad de conversar, aunque técnicamente su operación no consiste en conversar, sino en generar secuencias lingüísticas probabilísticamente plausibles. De tal manera, valdría la pena profundizar: ¿qué es conversar y qué implicaciones sociocognitivas tiene hacerlo cada vez menos o hacerlo con una IA? Mariano Sigman recoge los apuntes de Montaigne sobre el arte de conversar. Para el padre del ensayo, conversar es crear un espacio de prueba, experimentación y curiosidad. Conversar no es simplemente hablar o alternar turnos de palabra; implica poner a prueba las propias ideas, exponerse a la mirada del otro y aceptar la posibilidad de salir de la conversación pensando algo distinto, tensionar nuestro mundo a través de la mirada de otro. Bueno, pues precisamente esta cualidad no la tienen las respuestas de una IA. Los LLM presentan un fenómeno técnico conocido como sycophancy: la tendencia a adaptar sus respuestas a las opiniones, expectativas o creencias de quien interactúa con ellos, incluso cuando esto implica sacrificar precisión o contradecir información previamente correcta. Chang et al. (2024) muestran que los modelos pueden aumentar su nivel de acuerdo cuando reciben más contexto sobre las posiciones del usuario y que, en ciertas condiciones, una interacción complaciente reduce la resistencia psicológica frente a sus respuestas, es decir se evalúan menos críticamente sus salidas. Esto contrasta con la conversación que describe Montaigne: una conversación cuyo valor está precisamente en la posibilidad de ser otro después de hablar. Otro estudio de Salvi et al. (2024) muestra que los modelos pueden acentuar las actitudes previas de los interlocutores, es decir, desplazar sus posiciones hacia posturas más marcadas o radicales después del prompteo. El problema quizá no sea que las máquinas parecen conversar como nosotros, sino que nosotros empecemos a preferir conversaciones sin resistencia; y que, cuando esa resistencia aparezca, ya no sepamos qué hacer con ella salvo convertir la palabra en un arma: responder para herir, hablar para distanciarse, insultar para no escuchar, algo así como funciona la comunicación política de 2026. El dilema que inscribe la IA es que le estamos llamando conversación a intercambios donde podemos controlar casi por completo al interlocutor. Ya lo decía Walter Benjamin: la modernidad, la guerra y la fragmentación dejaban a las personas sin posibilidad de narrar el mundo y narrarse a sí mismas. La experiencia solo adquiere espesor cuando puede ser transmitida, narrada y compartida con otro a través de la conversación. Pero si cada vez conversamos menos (por falta de tiempo, desigualdad, cansancio, intolerancia, soledad, pereza o por la mediación creciente de la IA), quizá no estemos perdiendo únicamente un modelo de práctica social, sino también una de las formas más elementales de construir sociedad. Conversar es profundamente necesario, incluso conversar con nosotros mismos. Por ejemplo, para Vygotsky, hablar en voz alta es una forma de darse pensamiento. Hay ideas que, antes de pronunciarse, apenas existen como una intuición difusa; la palabra les da borde, ritmo y dirección. A veces no hablamos para contar lo que pensamos: pensamos porque hablamos, y más con otros. En realidad, no es culpa de la IA. Desde la pandemia, la digitalización de la vida social, el incremento del trabajo y la precariedad, vivimos algo parecido a una crisis de la conversación. Y quizá por eso las máquinas encuentran tan fácilmente un lugar entre nosotros: llegan cuando cada vez tenemos menos tiempo, paciencia o interlocutores para contarnos las cosas. Buena parte del malestar psíquico se agrava cuando no encuentras las palabras ni alguien dispuesto a escucharlas. Incluso la neurociencia (en trabajos de Lieberman et al., 2007) ha encontrado que poner lo que sentimos en palabras modifica la respuesta cerebral al malestar. En estudios de resonancia magnética (MRI), nombrar una emoción reduce la activación de la amígdala y aumenta la actividad de regiones prefrontales vinculadas con su regulación. Apalabrar una emoción cambia la manera en que el cerebro la procesa. Por tal motivo, conversar no cura por sí mismo, pero le da forma a lo que antes era solo angustia. A veces, la única forma de soportar una experiencia es contarla. Únete a nuestro canal

Los modelos de lenguaje pueden encadenar razones y producir respuestas extraordinariamente convincentes, pero eso no demuestra que comprenda lo que dice ni que pueda responder por…

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