Por Diana Sandoval Perevochtchikova Programa de Interculturalidad y Asuntos IndígenasCada 9 de agosto, el Día Internacional de los Pueblos Indígenas vuelve a recordarnos que México es uno de los países con mayor diversidad lingüística del mundo. El Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (INALI) identifica 11 familias, 68 agrupaciones y 364 variantes. Celebramos esa riqueza como parte del patrimonio cultural y repetimos, con razón, que cada idioma representa una manera distinta de comprender el mundo. Sin embargo, una vez que terminan las conmemoraciones, pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué hace posible que una lengua siga viva.Con frecuencia hablamos de las lenguas originarias desde la pérdida. Nos preocupa cuántas desaparecen, cuántas personas las siguen hablando o cuántas podrían extinguirse en las próximas décadas. Esa inquietud es legítima, pero también, insuficiente. Poner el foco únicamente en la desaparición corre el riesgo de convertir un proceso profundamente político en un fenómeno aparentemente inevitable, como si los idiomas simplemente dejaran de existir por el paso del tiempo o por una consecuencia de evolución natural.En realidad, no desaparecen. Mucho antes de que se pronuncie la última palabra, comienzan a erosionarse las condiciones que permiten vivirlas. Una lengua se debilita cuando descubres que hablarla puede convertirte en objeto de burlas dentro del salón de clases; cuando una madre decide privilegiar el español porque sabe que abrirá más oportunidades para sus hijas; cuando acceder a un servicio o realizar un trámite implica dejar el idioma de origen fuera de la conversación. Todo ello no son decisiones individuales, sino de relaciones históricas de desigualdad que han colocado a lo indígena en una posición de desventaja.Por eso, quizá el problema nunca ha sido exclusivamente lingüístico. Como ha señalado Yasnaya Elena Aguilar Gil, las lenguas no existen separadas de quienes las hablan. Su permanencia depende de que las personas puedan ejercer plenamente sus derechos, vivir sin discriminación y encontrar espacios donde tengan valor social. Promover un idioma no consiste únicamente en documentarlo, traducirlo o enseñarlo; implica garantizar que existan las condiciones para seguir habitándolo.Eso significa mucho más que comunicarse. Las palabras con las que un pueblo identifica una planta medicinal, una corriente de agua o una temporada de lluvias no son simplemente equivalencias lingüísticas: son el resultado de una relación ancestral con el mundo que difícilmente puede traducirse por completo.Desde esta perspectiva, resulta imposible separar la vitalidad de una lengua de las condiciones materiales que sostienen la vida de una comunidad. Cuando un territorio se transforma de manera acelerada, cuando familias enteras son desplazadas, cuando los bienes comunes dejan de hacer posible la subsistencia o cuando se migra porque permanecer dejó de ser una opción, también comienzan a fracturarse los espacios donde una lengua encuentra sentido.La paradoja es evidente: mientras celebramos las lenguas originarias en discursos oficiales, muchas comunidades siguen enfrentando racismo, exclusión, despojo territorial y barreras institucionales que limitan el ejercicio cotidiano de sus derechos. En esas circunstancias, la desaparición de una lengua deja de ser un problema cultural para convertirse, ante todo, en un problema de justicia.Sin embargo, detenernos únicamente en la pérdida sería contar una historia incompleta. Las lenguas indígenas no son vestigios de un pasado que espera ser preservado. Son prácticas vivas que continúan transformándose junto con quienes las hablan. Hoy circulan en radios comunitarias, en proyectos editoriales, en literatura, en cine, en redes sociales, en podcasts y en múltiples iniciativas impulsadas por jóvenes que las escriben, las comparten y las reinventan sin renunciar a ellas. Lejos de permanecer congeladas en el tiempo, siguen produciendo conocimiento y abriendo nuevas formas de imaginar el futuro.Uno de los errores más persistentes ha sido mirar desde la vulnerabilidad. Porque, aunque partiera de una buena intención, termina reforzando la idea de que su destino inevitable es desaparecer. Pero si algo demuestra su supervivencia es exactamente lo contrario; siglos de políticas de castellanización y múltiples formas de violencia, no por subordinación, sino porque generaciones enteras han insistido en seguir hablando su idioma aún en contextos profundamente adversos.Tal vez, la pregunta que deberíamos hacernos ya no sea cuántas lenguas indígenas quedan, sino qué tipo de sociedad estamos construyendo cuando las condiciones para vivirlas siguen siendo tan precarias. Y quizá esa sea la discusión que merece ocupar el centro de la conversación pública, y no cómo conservarlas. Porque una lengua nunca ha sido solamente una forma de hablar. Es una forma de nombrar el mundo, de relacionarse con el tiempo, con el territorio y con otras(os). Cuando desaparecen las condiciones para vivirla, lo que se empobrece también es el horizonte de posibilidades desde el que una sociedad puede imaginarse a sí misma.Únete a nuestro canal

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