Vivimos tiempos turbulentos, confusos, vertiginosos y desafiantes. Para algunos estamos en presencia de un profundo e irreversible “cambio cultural”. Para otros la humanidad esta volviendo a desarrollar esquemas de poder que han provocado grandes desastres en el pasado cercano. Gran parte de los primeros se sostienen sobre una dialéctica del odio que en no pocos casos hecha mano de simbología religiosa, al tiempo que se saben expertos en el manejo de herramientas virtuales. Los segundos, mas orientados a una visión humanista de los problemas sociales y políticos, intentan comprender los giros de la civilización desde sus anteojos recetados para tiempos de encuentro y diálogo. Los primeros se presentan como “lo nuevo” y miran a los segundos como “el pasado”. Los segundos se sostienen en su esperanza pacificadora planetaria y observan a los primeros como quienes insisten en vestir con ropajes nuevos de “libertad” a andrajos antiguos de “esclavitud”. Confirmado: el papa León XIV viajará a la Argentina en noviembre, en una histórica visita de tres días Dentro de este panorama, el capítulo quinto de la Carta Encíclica Magnifica Humanitas presenta con meridiana claridad esta problemática y su solución . El papa León XIV no duda en titular esta situación como “La cultura del poder y la civilización del amor”. Dentro de este apartado tematico, desarrolla con voz esperanzadora y realista un llamado a “Relanzar el díalogo”. Lo comienza de esta manera: “Para construir la civilización del amor debemos ejercitar el diálogo. Este es el principal instrumento de la convivencia entre las personas y entre los pueblos, y es la alternativa al conflicto abierto. El diálogo es una dimensión ordinaria de la vida humana, y no se refiere únicamente a las relaciones entre los estados. Se trata de adquirir una actitud para construir lazos de fraternidad, hechos de escucha, de miradas sinceras, de tiempo dedicado,incluso de tiempo perdido juntos. Porque, si experimentamos el encuentro auténtico con el otro, el diferente, el extranjero, el migrante, se vuelve incluso mucho más difícil siquiera imaginar la guerra. (M.H. #219-220).