Los eventos catastróficos han acompañado a la humanidad desde sus inicios. Albert Camus, en “La peste”, sostiene que lo que le queda al hombre después de las grandes tragedias es el recuerdo y el conocimiento. Esta reflexión también puede extenderse a los desastres naturales. El recuerdo de lo vivido es fundamental, pero tiene una limitación que la economía conductual ha estudiado ampliamente: por diseño y para poder seguir con nuestra vida cotidiana, nuestro cerebro va dejando atrás las experiencias más dolorosas y, con el paso del tiempo, disminuye la percepción de urgencia para actuar.