Cuando era pibe, mi papá me llevaba a una peluquería en la que el barbero sabía más de la vida de los clientes que la mayoría de sus familiares. Un tipo grande, de tijera lenta, que mientras te cortaba te preguntaba por el laburo, por la novia, y de paso te contaba lo que le pasaba a medio barrio. Nadie iba solamente a cortarse el pelo. Iban a hablar, a escuchar, a sentirse parte de algo. Ese local funcionaba como una especie de confesionario donde uno soltaba lo que no soltaba en otro lado. Pensé en él hace unos días leyendo un dato. La soledad se convirtió en un problema de salud pública que la OMS puso al nivel del tabaquismo, y golpea con más fuerza a la generación más conectada de la historia. Millones de personas que tienen miles de contactos en el teléfono y ninguno a quien llamar un martes a la noche, que hablan todo el día por pantalla y no comparten nada con nadie de verdad. Algo se corrió de lugar sin que nos diéramos cuenta. Durante generaciones, el barrio estuvo lleno de figuras a las que uno les contaba cosas sin que fueran ni familia ni amigos. El barbero, el kiosquero, el que atendía el almacén, el taxista que te llevaba de madrugada, el fiambrero que sabía tu pedido antes de que abrieras la boca. Eran vínculos que ocurrían en un lugar físico, con cuerpos que estaban ahí, y sostenían buena parte de la vida emocional de la gente de un modo que casi nunca se notaba.