Llamo “ambiente estilístico” a algo intuitivamente compacto pero muy difícil de describir. No es un “campo” ni un “espacio mundial”. Se parece más a la “atmósfera ideológica”, pero es un poco más material. Eso que él llama “contexto verbal” es, en verdad, una formación discursiva o episteme que funciona no como mediación sino como un instituyente estilístico (sus constituyentes son, por supuesto, estilemas). Para decirlo con palabras de Georg Simmel: “El estilo es el intento estético de solucionar el gran problema de la vida; cómo una obra única o un comportamiento único, que constituye una totalidad, cerrada en sí misma, puede pertenecer al mismo tiempo a una totalidad superior, a un contexto unificador más amplio”. Durante los últimos quince años, Sianne Ngai ha creado una taxonomía de las características estéticas del capitalismo contemporáneo: las emociones que provoca, los juicios que suscita y las tecnologías con las que se imbrican en la formación de una ética y una estética de la existencia. Por supuesto, en sus libros el estilo se ha convertido en una mercancía, profundamente imbricada con juicios estéticos cada vez más contaminados por “afectos menores”. Cita a Susan Sontag, tanto por su ensayo (bastante confuso, a mi juicio) “Sobre el estilo” como por sus “Notas sobre lo camp”. Lo camp es un ambiente estilístico, como lo son lo kitsch y lo queer. Lo “cute”, siguiendo a Sianne Ngai, es también un ambiente, que se entremezcla con lo extravagante y lo interesante. Ese repertorio de estilos y maneras pareciera haber estado ya completamente disponible en tiempos de Darío, que no por nada.