En “La Odisea”, los pretendientes no llegaban al palacio de Ítaca para gobernarlo. Llegaban para instalarse y aprovecharse de la ausencia de Odiseo. Comen, beben, dilapidan las reservas de la casa, acosan a quienes todavía la defienden y, después de ocuparla durante suficiente tiempo, terminan creyendo que la impunidad equivale a un derecho de propiedad sobre Ítaca. El Congreso que termina se les parece menos por su ambición que por sus costumbres.