Hace 2,400 millones de años, en un océano sin nombre, algo empezó a respirar luz. Unos organismos microscópicos llamados cianobacterias habían descubierto la fotosíntesis oxigénica; convertir agua y luz solar en energía, liberando oxígeno como desecho. Funcionó tan bien que se multiplicaron sin freno. Y el oxígeno, ese subproducto invisible, empezó a acumularse en el agua, después en el aire, hasta saturar la atmósfera entera del planeta.