Nada más aterrador que los dobles y las repeticiones, ya nos lo advirtió el maestro Stanley Kubrick. Y si el escenario es una ruta hacia la nada o hacia un hotel laberíntico del que no se puede salir, más todavía. Y allí van dos hermanos, hombre y mujer, con el gato de un hermano recién muerto, al que quedaron encargados de cuidar. Con el peso del dolor y del secreto que los constituye, emprenden un viaje que a poco de comenzar se va cargando de extrañeza, como los lazos que unen a unos personajes sin nombre, definidos por su posición en la estructura familiar: el hermano, la hermana, el muerto, la madre, como cuerpos muchas veces intercambiables (para seguir en la línea del terror o la ciencia ficción clase B). Una suerte de equívoco por donde la realidad se disloca, que el nombre de un pueblo acostumbrado a los avistajes extraterrestres, Saturno, perteneciente al partido de Guaminí, subraya, donde edificios futuristas muestran su abandono de la mano de una estación de tren clausurada, bajo una lluvia constante que lo difumina todo. Y si el fantástico argentino de la mitad del siglo pasado ponía en escena el enigma del otro (social, cultural) en esta novela será la “superficie del duelo” el espacio donde se dará el encuentro aterrador con los fantasmas que habitan la memoria desintegrada.