Tras el 250º aniversario de Estados Unidos, sentí la curiosa necesidad de resistirme a mi habitual inclinación por los análisis económicos y geopolíticos de las afirmaciones a favor o en contra de Estados Unidos. En su lugar, me dejé llevar por una visión emotiva, personal y, de hecho, ateniense, de la potencia hegemónica mundial cuyo desarrollo y cuyas acciones nos han marcado a todos. Mi primer recuerdo de Estados Unidos como factor en mi vida se remonta a una calurosa tarde de principios de junio de 1968. Poco más de un año después de que un golpe de Estado respaldado por la CIA hubiera sumido a Grecia en una dictadura fascista, mi madre y yo paseábamos junto al antiguo estadio renovado donde se habían celebrado los primeros Juegos Olímpicos modernos en 1896. De repente, un repartidor de periódicos rompió la calma anunciando a voz en grito que un estadounidense había muerto. A mi madre se le llenaron los ojos de lágrimas. “Era nuestra última oportunidad”, dijo. El estadounidense fallecido era Robert F. Kennedy, en quien mi madre había depositado, con razón o sin ella, muchas esperanzas, no solo para nuestra liberación aquí en Grecia, sino también para la paz mundial. Aquello sería mi curso intensivo sobre la importancia de Estados Unidos para todos nosotros, así como sobre sus contradicciones internas.