Cada tanto, cuando en Estados Unidos el gobierno cierra sus oficinas, alguien pregunta si podría pasar acá. La respuesta es no. Y esa imposibilidad, que solemos celebrar, merece una segunda mirada. La razón tiene nombre y número: artículo 27 de la Ley 24.156. Dispone que, si al empezar el año no hay presupuesto nuevo, se prorroga automáticamente el anterior. Nadie tiene que votarlo ni declararlo. La prórroga opera sola, por el mero paso del tiempo. Suena prudente. Y en parte lo es. Pero mirémoslo de cerca: significa que un gobierno puede funcionar años sin que el Congreso apruebe un solo presupuesto. Y en Argentina no es una hipótesis. Pasó. La prórroga dejó de ser una red de emergencia para volverse una costumbre.