El reciente desastre natural ocurrido en Venezuela, con sus lamentables consecuencias, vuelve a poner en agenda una realidad que el Perú no puede seguir ignorando: la prevención continúa siendo la gran ausente de nuestras políticas públicas. Lima ha crecido durante décadas de manera desordenada. La autoconstrucción, la expansión urbana sin planificación y la escasa inversión en gestión del riesgo han incrementado la vulnerabilidad de millones de personas frente a sismos, deslizamientos e inundaciones. Lo más preocupante es que conocemos los riesgos, pero seguimos actuando como si las tragedias siempre les ocurrieran a otros. Nuestra capital tiene un privilegio que pocas ciudades del mundo poseen: vivir frente al océano Pacífico.