Cuando Donald Trump empezó a repartir aranceles comerciales a diestro y siniestro, una de las cancillerías donde más caras de terror se registraron fue Berlín. Aparte de tradicional 'máquina exportadora' de Europa, Alemania había encontrado en el 'amigo americano' un socio comercial más que fiable que, además, tapaba en cierta manera el agujero que empezaba a suponer China. Henchida de estímulos, Pekín dejaba de importar alto valor añadido germano y se convertía en feroz competidor en sectores como el automóvil. La lastrada manufactura teutona confiaba en los envíos de sus prestigiosos automóviles hacia el otro lado del Atlántico hasta que el 'correazo' comercial lo cambió todo. Cuando la dinámica erosionaba un ya preocupante estado de cosas en la 'locomotora' económica europea, un ...