Estás en una cita romántica, en tu restaurante favorito. La mujer que conociste hace un tiempo y que tanto has pretendido está frente a ti. Te has preocupado de todos los detalles: elegiste bien tu vestimenta, fuiste donde tu barbero, te pusiste perfume, ni demasiado ni muy poco, la medida perfecta. Ella, por su lado se ve radiante, se ve que le agradó el lugar que elegiste y que se siente a gusto en tu compañía. El encuentro recién empieza, aún no han pedido sus platos, disfrutan del aperitivo y todo parece encaminado a una gran noche. Hasta que metes la pata: —Me alegra que hayas aceptado esta cita —dices.