El 4 de julio de 1987 un tribunal francés sentenció a cadena perpetua al exjefe de la Gestapo por crímenes de lesa humanidad. Detrás del fallo había más de cuatro décadas de fuga, impunidad, operaciones secretas y el largo camino para juzgar a uno de los símbolos más brutales del terror. Durante décadas vivió bajo otra identidad en Bolivia mientras las víctimas seguían esperando y reclamando justicia