En 1995, una ola de calor devastó la ciudad de Chicago y provocó la muerte de 739 personas. Años más tarde, el sociólogo Eric Klinenberg reconstruyó aquel episodio en su libro “Ola de calor: Autopsia social de un desastre”. Estudió las causas por las que hubo mayores decesos en algunas zonas que otras, con similares condiciones socioeconómicas. Su conclusión fue incómoda ya que demostró que las víctimas no murieron únicamente por las altas temperaturas, sino por una combinación de vulnerabilidad social, aislamiento y fallas institucionales. El calor fue el detonante. Pero el desastre fue político y social. Tres décadas después, esa lectura conserva vigencia frente al cambio climático. Klinenberg identificó que las zonas con menores decesos fueron las que tenían mejor calidad de “infraestructura social”. No se trata solo de hospitales, redes eléctricas o sistemas de alerta temprana, sino de algo más intangible y decisivo, como los espacios públicos vivos, las redes comunitarias sólidas, los vínculos de cuidado y los Estados responsables, capaces de identificar y proteger a quienes están más expuestos.