Pier Paolo Pasolini sostenía una de esas ideas que primero parecen una ocurrencia y después terminan pareciendo una verdad. El fútbol, decía, era el último lenguaje sagrado de nuestro tiempo. Tenía gramática, sintaxis, estilos, dialectos y hasta diferencias de clase. Los equipos hablaban una lengua; los jugadores, otra. Los pases eran palabras. Las jugadas, frases. El partido entero era un discurso. Y el gol era el momento en que ese discurso dejaba de ser prosa para convertirse en poesía. Por eso afirmaba que el máximo goleador del campeonato era el mejor poeta italiano del año. No porque escribiera versos, sino porque los ejecutaba. Vista desde la Argentina, esa idea conduce casi inevitablemente a un solo nombre. El mejor poeta argentino es Lionel Messi. No hace falta preguntarse si alguna vez publicó un libro. Hace más de veinte años que viene escribiendo uno en los estadios del mundo.

"Messi viene tratando los últimos repertorios lúdicos, telúricos, aunque con final abierta y sin final claro. Pero… ¿acaso son los últimos?, se pregunta el lector.EL COMENTARIO…

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