Antes de entrar a un estadio durante un Mundial conviene dejar afuera una convicción que en cualquier otro ámbito de la vida resulta razonable: la de que la ropa sirve para vestirse. En un Mundial la ropa sirve para convertirse en otra cosa. Hay hombres que pasan cuatro años dejándose crecer una barba blanca para parecer un druida escandinavo, otros que se pintan la cabeza con los colores de su bandera, otros que se colocan una máscara de águila, de león o de faraón egipcio y recorren diez o doce mil kilómetros para permanecer noventa minutos (más el descuento) en una tribuna. La pregunta no es qué hacen ahí. La pregunta es en qué momento decidieron que esa era una buena idea. El Mundial es una exposición universal de las maneras que cada pueblo encontró para llamar la atención sin sentirse ridículo. Los noruegos convirtieron una tribuna en un barco vikingo: cascos con cuernos, remos imaginarios y decenas de personas remando al unísono hacia ninguna parte. Los escoceses avanzan con gaitas y kilt como si la historia se hubiera detenido en el siglo XVIII. Los mexicanos aparecen con máscaras de lucha libre y enormes sombreros de mariachi. Los japoneses llegan disfrazados con una creatividad inagotable y, cuando termina el partido, recogen la basura de las tribunas. Ese gesto, que en cualquier otra circunstancia sería apenas un acto de educación, allí adquiere el carácter de un prodigio. Lo extraordinario no es el disfraz sino la ausencia absoluta de extrañeza que produce. Nadie mira a un hombre con una cabeza de cóndor o con una capa hecha de bandera nacional y piensa que necesita ayuda. El estadio suspende por unas horas las leyes de la normalidad. Todo es admisible. Cuanto más extravagante el atuendo, más perfectamente integrado queda su dueño al paisaje. Un oficinista disfrazado que el lunes sería motivo de preocupación para sus compañeros de trabajo, al otro día se convierte en un hincha ejemplar.