La adrenalina, la incertidumbre y la intensidad emocional que despierta un gran evento deportivo como el Mundial pueden modificar nuestra forma de comer. Muchas veces, no aparece en forma de hambre fisiológica, sino por una necesidad de aliviar emociones. Aprender a diferenciarlas es una herramienta clave para recuperar el control de nuestras decisiones alimentarias. El Mundial nos moviliza mucho más que la pasión por el fútbol. Cada partido activa expectativas, tensión, euforia, frustración y una fuerte sensación de pertenencia y las emociones no solo se sienten, también modifican el funcionamiento del cerebro y pueden influir directamente sobre nuestro deseo de comer algo dulce, salado, de aumentar la cantidad o, incluso, de saltearnos comidas. En situaciones de estrés o ansiedad aumenta la liberación de cortisol, una hormona que, cuando permanece elevada, favorece la búsqueda de alimentos altamente palatables, ricos en azúcar, grasas y sal. Al mismo tiempo, el sistema de recompensa cerebral libera dopamina tras su consumo, generando una sensación transitoria de placer y alivio. Yo lo llamo “felicidad ficticia” ya que el problema es que ese alivio suele durar poco y si la emoción continúa, el impulso de volver a comer reaparece. Así se instala un círculo en el que la comida deja de cumplir su función biológica de nutrir para transformarse en una estrategia para regular estados emocionales. Pero muchas veces no nos damos cuenta.