Los inmensos problemas de nuestra América, y en particular los de México, no me han impedido sentir emoción ante los aficionados (o “hinchas”) que dentro y fuera de los estadios se conmueven con las banderas y los símbolos de sus países. Pensando en ellos –y confesando mi deseo de que sea un equipo de nuestra América el que triunfe en este mundial– me arriesgo a dejar la zona de confort de la escritura política para entrar, por una vez, en el área peligrosa de la literatura deportiva.