Los científicos sociales recurrimos frecuentemente a dos marcos interpretativos para entender fenómenos políticos como, por ejemplo, los resultados electorales. El primero apuesta por una explicación estructural. Las divisiones y fracturas sociales, congeladas en el tiempo, ayudan a comprender la mayoría de los eventos políticos. Profundos desencuentros históricos, ya sean de clase, de territorio, de presencia estatal, entre otros, explican que, por ejemplo, el país se divida previsiblemente en dos cuando vamos a las urnas en un balotaje. El segundo, por su parte, pone énfasis en la capacidad de agencia que tienen los actores políticos que son capaces de escapar del fatalismo impuesto por la historia y las estructuras. Es decir, decisiones estratégicas y narrativas persuasivas de los líderes partidarios permiten relativizar el peso de variables “tan determinantes” como clase y origen geográfico en la decisión que finalmente marcarán los electores en una segunda vuelta.