Desde muy joven, la escritura fue para mí una forma de comprender lo que me pasaba. Empecé a escribir a una edad muy temprana, casi sin darme cuenta de que ese gesto iba a acompañarme toda la vida. Recuerdo que fue la emoción lo que me llevó a escribir: una sensación profunda, algo que necesitaba salir y que encontraba en las palabras su lugar. Escribí mis primeros poemas siendo muy chico, alrededor de los 8 años, y desde entonces la escritura fue apareciendo de manera natural, sin buscarla, pero sin dejarla nunca. Con los años, entendí que esa necesidad no era pasajera, sino parte de mi forma de estar en el mundo. Esa relación con la escritura se fue sosteniendo. No fue algo planificado, sino algo que nació muy temprano y se quedó conmigo. La poesía fue, muchas veces, un refugio; una manera de ordenar lo que sentía y de darle forma a experiencias que, de otro modo, quedaban dispersas.