“En el centro de Europa están conspirando”. Así comienza el último poema del último libro de Borges, Los Conjurados, casi una carta cuyo destinatario es la humanidad. Y es tanto un final como una declaración de principios. Se refiere a Ginebra, su ciudad de la adolescencia. Donde vivió y ahora yace. En el poema rastrea momentos de la historia (el devenir del pasado), cuando los hombres se destacaron por una característica bastante inusual: ser razonables. Ubica el hecho en tiempos remotos, pero la fecha es precisa, el 1 de agosto de 1291, año de la configuración Helvética a través del pacto Federal. Así lo escribe: “El hecho data de 1291. Se trata de hombres de diversas estirpes, que profesan diversas religiones y que hablan en diversos idiomas. Han tomado la extraña resolución de ser razonables”. Lo maravilloso del poema, -por momentos microrrelato, en otros una elegía, o una carta enviada a quien corresponda-, es que atraviesa los tiempos. Borges va buscando ilustres o desconocidos que hayan sido razonables: “un cirujano, un pastor, pero también Paracelso y Amiel y Jung y Paul Klee”.