La oficina aparece ficción a ficción como uno de los espacios más reconocibles y terribles de la vida moderna. Allí conviven la rutina, la repetición, los automatismos y una serie de gestos que suelen pasar inadvertidos. En Amanuenses, la directora, actriz y bailarina Constanza Feldman convierte ese universo cotidiano, sus calamidades, y lo altera en una maquinaria coreográfica donde cuatro empleados desarrollan tareas aparentemente inútiles mientras despliegan una precisión física sorprendente. La obra, que regresa a El Galpón de Guevara, se transformó en una de las propuestas más originales de la escena independiente reciente. Ganadora del premio “S” 2025 y atravesada por influencias del teatro físico, la danza y el cine, la pieza también funciona como una declaración de amor hacia una materialidad analógica que parece desaparecer. Feldman reflexiona: “Todas esas ideas que a veces se cree que anteceden a las obras, en procesos como el nuestro fueron más puntos de llegada que de partida. No quiero decir que empezamos a trabajar sin ninguna idea, pero sí que las que había eran bien sencillas. ‘El mundo del trabajo’ era una, y también estaban las ganas de ver qué pasaba con una serie de gestos cotidianos si los sometíamos a diferentes procedimientos bien nítidos: repetir, desnaturalizar, organizar, crear progresiones. En ese proceso fueron apareciendo imágenes. La oficina se impuso como espacio cuando detrás de las imágenes que posibilitaba empezamos a intuir una complejidad y una profundidad”. —¿Sentís que hay un auge del teatro físico en Buenos Aires o todavía sigue siendo un territorio más “de culto”? —Buenos Aires es una ciudad con una actividad escénica completamente febril. En cada rincón, en teatros, subsuelos, galpones y casas están sucediendo cosas increíbles. Hay gente haciendo obras y construyendo lenguaje en las condiciones de producción más rudimentarias. Es muy difícil saber qué es excepción y qué es tendencia. Me gustó un comentario que me hizo un amigo filósofo al ver la obra el año pasado. Dijo que la palabra estaba muy devaluada y que las obras que no tenían texto estaban dando valor a la palabra de nuevo. Hay espacios como El Galpón de Guevara que apoyan mucho a las obras de movimiento y eso ayuda a que más público se acerque. También puede tener que ver con una necesidad de volver a poner el cuerpo en una sociedad que parece tender a lo contrario.