El Perú no necesita solo un próximo presidente. Necesita una autoridad moral. Alguien que entienda que ganar una elección no entrega una licencia para apropiarse del Estado, sino una responsabilidad histórica para reconstruir la confianza perdida. La Presidencia de la República no es un premio personal, ni una agencia de empleos partidarios ni una caja de favores ni un botín. Es el encargo más alto que una democracia puede conceder: servir a todos los peruanos, empezando por quienes no votaron por uno. La desconfianza ciudadana no ha surgido de la nada. Es el resultado acumulado de promesas incumplidas, corrupción, improvisación, pactos subalternos, uso patrimonial del poder y una dolorosa sensación de abandono. Por eso, quien aspire a gobernar debería asumir, antes que un plan de gobierno, un decálogo ético.

En un país que enfrenta cansancio institucional y desconfianza colectiva, los indicadores no bastan, se requiere a estadistas con carácter para la implementación de una visión…

El Perú no necesita solo un próximo presidente. Necesita una autoridad moral. Alguien que entienda que ganar una elección no entrega una licencia para apropiarse del Estado, sino…