Durante siglos, China jugó al go mientras Occidente se obsesionaba con el ajedrez. No es una diferencia menor. El ajedrez es un juego de aristócratas paranoicos: batallas espectaculares decididas en movimientos teatrales. El go, en cambio, tiene algo más inquietante. No busca destruir al adversario; busca rodearlo con tanta paciencia que, llegado cierto punto, la derrota parezca una conclusión razonable. Casi voluntaria. Henry Kissinger, fascinado por la psique de Beijing, recordaba que el Imperio chino nunca necesitó cruzadas evangelizadoras; prefería el arte de administrar la codicia y las contradicciones de los de afuera, manteniéndolos ocupados en la periferia mientras el centro del poder permanecía intacto. Y, últimamente, América Latina empieza a adquirir una estética sospechosamente compatible con ese tablero.