Poner hoy en escena Rinoceronte de Eugène Ionesco no es un gesto nostálgico ni arqueológico. Es, más bien, encender una luz incómoda en una habitación donde muchos preferían la penumbra. La obra habla de la transformación colectiva no como un espectáculo fantástico, sino como una epidemia de sentido: la gente deja de pensar, deja de dudar y se vuelve parte de una masa que avanza con una lógica implacable y, al mismo tiempo, profundamente absurda. Hay textos que envejecen y otros que esperan su momento para volver a hablar con una claridad inquietante. Rinoceronte pertenece a esa segunda especie. En una ciudad común, los habitantes comienzan a transformarse en rinocerontes. Lo extraordinario y lo absurdo irrumpen de manera gradual hasta volverse costumbre. Allí reside una de las grandes intuiciones de Ionesco: las sociedades no siempre caen de golpe en la irracionalidad; muchas veces se deslizan hacia ella paso a paso, entre excusas, cansancio, descarte y adaptación.