La tecnología ha dejado de ser una promesa lejana para convertirse en el corazón de nuestra seguridad nacional. Tras años observando este fenómeno, me resulta evidente que ya no estamos ante una herramienta más, sino ante un cambio profundo en la forma en que el Estado debe proteger a sus ciudadanos. Hoy, la Inteligencia Artificial (IA) ha pasado de ser un simple procesador de datos a un sistema capaz de razonar y generar estrategias complejas. No se trata de una evolución técnica menor; estamos ante un salto que redefine cómo entendemos la inteligencia en el siglo XXI y que nos plantea a los mexicanos un dilema ineludible: ¿cómo adoptar estas potentes herramientas sin descuidar nuestra democracia y nuestros derechos fundamentales?Para entender dónde estamos, debemos mirar hacia atrás. Tras los trágicos eventos de 2001, el mundo cambió su enfoque hacia la prevención, apoyándose en el aprendizaje automático para predecir riesgos. Sin embargo, lo que vemos hoy con los Modelos de Razonamiento Grande (LRM) es algo distinto. Estos sistemas ya no solo "adivinan" la siguiente palabra en un texto, sino que realizan deducciones lógicas y evalúan escenarios tácticos con una precisión antes impensable. Esta vanguardia tecnológica permite identificar fallas de seguridad antes de que ocurra un incidente, al analizar lo que llamamos la "cadena de riesgo".Un ejemplo claro de este futuro, que ya es presente, es el uso de tecnologías como Grapara: un mapa inteligente de conexiones ocultas. Mientras antes un analista pasaba meses buscando vínculos entre sospechosos, hoy estos sistemas conectan en segundos una dirección de internet, un alias en una red social y una transacción bancaria sospechosa. Hemos visto resultados sorprendentes en programas como SABLE SPEAR en Estados Unidos, donde la IA permitió identificar muchas más redes ilícitas de las que el ojo humano podía detectar. Incluso ya nos enfrentamos a desafíos como el agentica smurfing, una técnica en la que grupos criminales usan programas autónomos para mover dinero en miles de pequeñas transacciones digitales y pasar desapercibidos. Ante este nivel de sofisticación, el Estado no puede seguir usando herramientas del siglo pasado.La legitimidad de cualquier ley y acción del Estado depende de poner a la persona en el centro. No podemos permitir que el algoritmo decida sin supervisión. Siguiendo las ideas de Habermas, sostengo que el uso de la IA en seguridad debe estar siempre bajo un control judicial estricto y respetar el principio por persona. La tecnología debe servir para proteger derechos, no para vulnerarlos; la eficiencia nunca puede estar por encima de la Constitución.Es fundamental distinguir entre la inteligencia policial ordinaria, que atiende el delito cotidiano, y una inteligencia de seguridad nacional de alto nivel, capaz de desarticularestructuras financieras complejas. Al enfrentarnos al terrorismo y a la delincuencia organizada transnacional, debemos entender que no podemos pelear solos. Estos fenómenos no respetan fronteras, y por ello es indispensable operar sistemas compartidos con otros países. Solo con esa cooperación internacional y con el uso ético de instrumentos avanzados de razonamiento, México podrá enfrentar con éxito los desafíos de una era donde el crimen ya es digital, pero la justicia debe seguir siendo profundamente humana.

El Gobierno no debería dejar pasar más tiempo y adoptar la Inteligencia Artificial a pleno en su administración, y también impulsar un uso correcto y amplio en Educación, Justicia…

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