Nadie las tenía más largas ni las movía mejor que el dragón emplumado, el seductor del Cretácico
Esta ave del tamaño de un petirrojo que convivió con los dinosaurios poseía dos plumas en la cola que duplicaban el tamaño de su cuerpo, un ornamento colorido que probablemente agitaba arriba y abajo para atraer a las hembras