Hasta que Trump ganó la nominación republicana, ningún actor político poderosos se había propuesto destruir el propio sistema político estadounidense. Fue probablemente el primer candidato de uno de los grandes partidos que no se presentó a presidente, sino a autócrata. Y ganó. (Masha Gessen, 2020, Surviving Autocracy, Londres, Granta; p. 16).La exitosa ingeniería del caos, diseñada por los valedores y acompañantes de Donald Trump en el gobierno y sus plutocráticos alrededores, ha producido lo que Robert Reich denomina el estrés postraumático, por el que aquella sociedad se ve despojada -de golpe y porrazo- de las capacidades de asombro y de hastío para, como ahora se dice, normalizar al propio caos.La revolución de independencia de los Estados Unidos, muy especialmente, su luminosa Constitución (La mejor de las escritas, en palabras de innúmeros jurisconsultos), y su temprana y hamiltoniana política industrial, le otorgaron un sentido particular, novedoso, al término liberal que se apoya en vigorosas, variadas e irrenunciables libertades.¿Irrenunciables? Al parecer, ya no lo son tanto. La libertad de pensamiento y de expresión, aquella que otorgó a los centros académicos, a las grandes universidades, el papel de conciencias críticas de sus sociedades, son libertades en riesgo de extinción, por obra y gracia del autócrata que, permitiéndose calumniar a sus adversarios demócratas, tachándolos de <>, debe percibir a las universidades de su propio país como escuelas de cuadros marxistas leninistas.En estos días está en curso un peculiar proceso de purga, en el seno del Partido Republicano, que está condenando -con mucho dinero de por medio- a derrotas diversas, en las elecciones primarias partidistas para distintos cargos, a los correligionarios del autócrata que han esgrimido muy descafeinadas oposiciones a sus inquietantes ocurrencias, desde el profundo desdén sobre los efectos domésticos, inflacionarios, de una guerra que desató con objetivos variables (en rigor, sin objetivos), un día para desaparecer al régimen de los ayatolas, otro para impedir la construcción iraní de armas nucleares, hasta el financiamiento de un indispensable salón de Baile, en la Casa Blanca.La advertencia es contundente: <>. Visto lo visto, notoriamente el comedido servilismo con el que alabó al autócrata chino en una reciente visita sobre la que su gobierno inventó éxitos económicos, comerciales y hasta políticos, que han recibido -en cada caso- el correspondiente desmentido oriental; el mayor peligro lo representa Trump para su propio pueblo. En China, representó la maoísta conseja de <>.El desencanto con las élites que se beneficiaron de la neoliberal globalización y relocalización industrial (desde Reagan hasta Obama), con la engañosa brújula de las ventajas comparativas, llevó a los nuevos desempleados blancos, sin calificación, endeudados y asombrosamente ignorantes a votar por un oferente de falsedades que, como suele suceder, ya los puso en peor situación para beneficiar a sus acompañantes mil millonarios.La política en manos del dinero, podrá servir a muchos propósitos. Ninguno democrático, por cierto. ¿En qué se parece esta sociedad a la que admiró Alexis de Tocqueville?; ¿Quién podrá salvar a los Estados Unidos de sí mismos? Bonito Destino Manifiesto: la desesperación. Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.

Los titanes tecnológicos salieron prácticamente ilesos de entre los escombros. Luego llegó el ascenso de Trump, que los obligó a abandonar la relativa comodidad de la corrección…

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