Me voy a París a defender una perspectiva descentrada respecto de las grandes palabras (República y Revolución) que denominan al congreso al que llegaré sin ganas. Me propongo repensar el estilo más allá de la vieja fórmula parisina de Buffon –“el estilo es el hombre mismo”– que tanto daño nos ha hecho. Parto de una pregunta incómoda: ¿qué tiene que ver el estilo con la República y la Revolución? Para Enzo Traverso, el populismo es un estilo político indiferente a las doctrinas, pero tenemos que ir más lejos porque el estilo es político, y la política es un estilo. Buffon, ese naturalista de la Academia Francesa, predicaba orden y norma, pero también despreciaba América: animales débiles, indígenas sin barba ni ardor. Frente a esa cosmopolítica europea, prefiero una caosmopolítica americana. Con Lezama Lima, tenemos derecho a pensar que lo americano es barroco: no un estilo degenerescente sino plenario, soldado al paisaje, que produce un vivir completo (lenguaje, vivienda, formas de vida). El estilo no se posee, se atraviesa. Es un ambiente estilístico: un entrelugar natural y cultural. Klee decía que uno encuentra su estilo allí donde no puede hacer otra cosa. Para Spengler, el estilo es un destino.