La segunda vuelta no solo definirá al próximo presidente; también pondrá a prueba nuestra madurez democrática. Las elecciones activan emociones intensas porque ordenan preferencias políticas, expectativas, temores, identidades y formas distintas de imaginar el futuro del país. En una campaña electoral, los ciudadanos evalúan propuestas y trayectorias, pero también reaccionan ante símbolos, liderazgos, relatos y amenazas percibidas. Por eso, el resultado de una elección rara vez se vive con neutralidad: para algunos representa esperanza; para otros, frustración, preocupación o rechazo.

Una segunda vuelta coloca a los electores que no votaron originalmente por ninguno de los candidatos que participan en ella ante una opción incómoda: escoger entre dos…

El escenario preelectoral actual se muestra incierto, caótico, mucho más de lo que se observó en el proceso de 2022.