Una segunda vuelta coloca a los electores que no votaron originalmente por ninguno de los candidatos que participan en ella ante una opción incómoda: escoger entre dos postulaciones que no consideran ideales. Esa incomodidad, sin embargo, no convierte al voto en blanco o viciado en una salida responsable. Los balotajes existen precisamente para que los ciudadanos cuyos aspirantes presidenciales quedaron fuera de la competencia tomen una resolución sobre quién gobernará el país y para que quien finalmente triunfe en las ánforas tenga tras de sí una mayoría que legitime su administración del poder.

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