¿Quién manda realmente en Sinaloa? El problema ya no es solamente que el gobierno mexicano no haga su tarea y que otro país haya tenido que venir a combatir con seriedad al crimen organizado que impera en el estado, sino que es más profundo: cuando un Estado no puede, no quiere o no se atreve a enfrentar al narco, la soberanía deja de ser bandera y se vuelve pretexto; la herida, entonces, se abre completa: si México no pone orden en su propia casa, ¿quién termina poniendo el límite?De eso platiqué con Francisco Labastida en mi podcast En Blanco y Negro. La conversación completa puede verse en https://youtu.be/qe7ieEqNtXw?si=wgpuJwlV2QrK0gIw Una de las ideas más duras que se puso sobre la mesa en esta plática es que Sinaloa no debe verse como un problema local, sino como una advertencia nacional. Porque cuando el crimen no solo compra policías, sino que entra al mando político, ya no estamos hablando de corrupción común y corriente, estamos hablando de algo mucho más grave: un narcogobierno, y las consecuencias de ello son de otro nivel.La palabra pesa, claro que pesa. Pero también pesa más hacerse como que no pasa nada. Durante años, muchos mexicanos se han consolado con una frase peligrosa: “Siempre ha sido así”. Esa frase sirve para calmar angustias, sirve para decir: “Bueno, antes también había narco, antes también había arreglos, antes también había políticos cochinos; tal vez vamos a estar bien”. Sí, pero no es lo mismo una gotera que una inundación. No es lo mismo que un funcionario reciba dinero para hacerse de la vista gorda, a que el crimen organizado parezca sentarse en la mesa donde se toman las decisiones.Como explicó Labastida, antes podía haber corrupción, complicidad y protección, pero lo que estamos viendo ahora es otro nivel: el crimen no solo quiere que lo dejen operar, quiere mandar; no solo quiere comprar silencio, quiere controlar policías, elecciones, jueces, territorios, gobiernos, el cobro de impuestos y la viabilidad de los negocios. Ahí cambia todo. En este escenario, la corrupción deja de ser una piedra en el zapato y se convierte en el personaje principal, y cuando eso ocurre, el ciudadano pierde buena parte de sus garantías, vive en una aparente normalidad, pero la probabilidad de ser víctima de autoridades y criminales es mucho mayor.Por eso la intervención de Estados Unidos, o su presión para actuar contra figuras ligadas al narco, no puede verse solo como un asunto diplomático, sino que es una señal de algo mucho más grave: para Estados Unidos, según Labastida, el gobierno mexicano ya no es confiable en el combate al crimen organizado. Que pidan la entrega de diez personas no suena a cortesía entre vecinos, suena a desconfianza. Es como cuando en la familia ya nadie le encarga al tío la tanda porque todos saben que “se le pierde” el dinero; nadie lo dice en la sobremesa, pero todos guardan la cartera.Y aquí aparece la pregunta de fondo: ¿qué significa soberanía cuando el crimen manda en pedazos del territorio y otro país tiene que presionar para que se haga justicia? Porque soberanía no es gritar fuerte en un micrófono o mandar sobre “el papel”. Soberanía no es cantar el himno con la mano en el pecho mientras el narco decide quién compite, quién calla, quién vive con miedo y cómo se asigna el presupuesto. No hay soberanía si el Estado no protege a sus ciudadanos, no hace cumplir la ley y otros tienen fuerza para disputarle el mando.También sería tramposo fingir que todo es culpa de México. Mientras haya mercados que paguen cantidades millonarias por las drogas y que vendan tan fácilmente armas a criminales, difícilmente dejará de haber países productores. Resulta curioso, por decirlo así, que haya campañas durísimas contra el tabaco, pero no una política igual de fuerte contra el consumo de drogas en países consumidores; hay quienes también son omisos, solo que fuera del yugo de la opinión pública.Sin embargo, todo ello no absuelve al gobierno mexicano. México tiene que responder por lo suyo. Y lo suyo es gravísimo. Labastida recordó que, cuando llegó al gobierno de Sinaloa, se revisó a la policía judicial: 70% no pasó los controles de confianza y a 40% le encontraron pruebas duras; se hizo una gran limpia. Ese dato no es un detalle administrativo, es una radiografía de un estado con una enfermedad que ya se infiltró en muchos de sus órganos. Si quienes deben perseguir al delincuente trabajan para el delincuente, entonces el ciudadano queda en medio y altamente vulnerable, sin ley y sin defensa.Labastida contó además una anécdota que pinta de cuerpo entero la lógica criminal. Después de que alguien disparó contra su coche durante la campaña, le mandaron decir que los narcos no habían sido, y que ellos podían entregarle al responsable como él quisiera: vivo, fileteado o decapitado. La respuesta de Labastida fue: “La seguridad depende del Estado, no de los narcos; no gracias”. Cuando un gobierno acepta favores criminales, empieza a dejar de ser gobierno.Porque el narco no regala nada. Si ofrece “ayuda”, cobra. Si entrega a alguien, cobra. Si financia una campaña, cobra. Si intimida a opositores, cobra. Si brinda protección, cobra. Y cobra con cargos, contratos, policías, territorios, silencio e impunidad para hacer una amplia gama de delitos. Por eso la elección de 2021 en Sinaloa aparece en la conversación como un punto clave. No estamos hablando solo de dinero sucio en campañas, que ya sería gravísimo. Estamos hablando de intimidación, secuestros y amenazas para impedir que opositores compitieran libremente; estamos hablando de elecciones SIN democracia. El ejemplo del secretario de Acción Política secuestrado junto con su esposa antes de la elección es brutal. Eso no es “mapache electoral”. Eso son elecciones con pistola en la nuca. Ahí ya no estamos ante una trampa electoral, sino ante el secuestro de la voluntad popular. Y si una elección puede definirse con miedo, entonces la boleta deja de ser instrumento ciudadano y se vuelve papel decorativo, un ritual al servicio del poder.Por eso Sinaloa no puede tratarse como excepción. Puede ser apenas la primera ficha del dominó. Si Estados Unidos tiene expedientes de otros estados, otros funcionarios y otras redes de complicidad, lo que viene puede ser mucho más grande. Y aunque a algunos les incomode, más vale saber la verdad que seguir viviendo en el teatro. Porque el país no se arregla apagando la luz para no ver las cucarachas; se arregla prendiendo el foco, aunque al principio dé asco.También hay que decirlo: Combatir al crimen no es discurso fácil. Labastida recordó que le asesinaron a 40% de su equipo de alto nivel. Ahí están los costos reales: procuradores, mandos policiacos, escoltas, familias rotas, miedo diario. Enfrentar al narco no es posar con cara de autoridad. Es tomar decisiones sabiendo que enfrente hay personas dispuestas a matar. Por eso indigna tanto la ligereza con la que se habla de “abrazos, no balazos”, como si la paz pudiera decretarse con buenas vibras.El problema, además, no se queda en la seguridad. También golpea la economía. Un país visto como gobernado por un narcogobierno no solo pierde prestigio, pierde inversiones, empleos, fábricas y futuro. Las empresas no llegan a donde no hay jueces confiables, policías confiables ni reglas confiables. El freno a la inversión no es solamente económico, es sociopolítico; nadie quiere poner una planta, contratar trabajadores y meter millones de dólares en un lugar donde mañana puede llegar un criminal, un funcionario o una mezcla de los dos a cambiar las reglas y a “cobrar piso”.Por ello, hay que abrir los ojos, levantarse y dejar de confundir paciencia con rendición. Basta de pedir pruebas cuando los hechos son públicos y notorios. Claro que se necesitan investigaciones serias, expedientes sólidos y debido proceso, pero una cosa es exigir justicia bien hecha y otra usar la palabra “pruebas” como paraguas para no mojarse.México todavía puede ser la gran nación que está destinada a ser y que todos los mexicanos llevamos dentro. Labastida recordó una frase de su padre: “Mientras más oscura está la noche, más cerca está el amanecer”. La crisis de Sinaloa puede ser vergüenza o despertar. Debemos aprovechar el momento para fortalecer nuestros valores, nuestra ética y nuestra capacidad de distinguir entre lo bueno y lo malo. Sólo así podremos construir un México viable, próspero, con una vida digna para todos y en paz.Únete a nuestro canal

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