“La capital de la nación, a la que se le puso por apodo ‘la nevera’, se igualó a la ensoñada ‘tierra caliente’”: Arturo Guerrero.Foto: El Espectador - Gustavo Torrijos

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El mensajero de estos días prolongados es el sol. Fulmina con rigor los suelos y las ventanas sin pedir permiso, sin aviso previo, por derecho propio. Grita, muerde, tuesta a una población que no está acostumbrada a sus alargadas flechas de guerra. Aunque uno busque refugio debajo de un techo o de un árbol, este intruso obliga a quitarse todo abrigo artificial y a tomar agua, mucha agua.