Por su condición neutra, el blanco virginal es también el color de los psiquiátricos, como aquel donde Jack Nicholson voló sobre el nido del cuco. Pureza y locura, inocencia y gamberrismo, Ca7riel & Paco Amoroso se apropiaron anoche de esta dicotomía al convertir el Palau Sant Jordi en un sanatorio musical con ellos como pacientes. Sentados en sendas butacas reclinadas, rodeados por un hemiciclo habitado por decenas de personas vestidas con batas blancas de hospital, como si se tratara de la asamblea de majaras a la que cantaba Kortatu, la pareja argentina dio una lección de cómo convertir la música en energía positiva y, a la postre, en una fiesta para espíritus libres.Dos años es lo que separa a Catriel Guerreiro y Ulises Guerriero (cuidado, la diferencia en los apellidos no es una errata, sino una casualidad) de la sala dos del Razzmatazz al Palau Sant Jordi, con una visita entre medio por el Sant Jordi Club. Este ascenso meteórico refleja el éxito obtenido por la mezcolanza musical -entre el trap, funk, rock, los ritmos latinos y la electrónica-, y estética -son conocidos por lucir llamativos modelos- que cocinan estos dos amigos de infancia, catapultados al éxito por su aparición en el programa Tiny Desk de la radio pública estadounidense, la misma a la que Trump se la tiene jurada.Descocados, estrafalarios y alegres, los argentinos se adueñaron anoche de un Sant Jordi de aforo reducido con los temas de su segundo trabajo, Free spirits, un trabajo para el que han contado con invitados tan dispares como Sting, Fred Again o el actor Jack Black, el de Escuela de rock. El disco se presentó este verano como resultado de la visita a un inexistente balneario de sanación musical dirigido por el líder de The Police, donde Ca7riel & Paco Amoroso se recuperaron del shock vivido por el éxito fulgurante después de grabar un disco que -este sí existió- descartaron completamente por considerarlo malo.De ahí la escenografía de la velada, con una institutriz encargada de explicar al público los cuatro pasos de la terapia a la que se sometieron los protagonistas, acompañados para ello por una banda de 4 músicos (dos percusionistas, teclados y al bajo el también amigo de juventud Felipe Brandy) encargados de llevar la música del trap a la bossa nova, el rock duro o la electrónica con que finalizó la noche. Todo tuvo su espacio desde la inicial No me sirve más, donde cantan “me volví esclavo de lo que soy dueño” entre el sonido disco y añadidos de bolero, primer aviso de que el relato iría por lo autorreferencial de estas jóvenes estrellas fugaces. Catriel se valió de la guitarra en varias ocasionesMiquel Muñoz / ShootingY por si hubiera dudas de sus referentes, Nada nuevo la siguió entre ritmos árabes y el grito de guerra “Lady Gaga es Argentina”, en un comienzo festivo que contó con el calypso acelerado de Ay, ay, ay seguido con el ritmo tropical de Muero, reflejo de la evolución de la pareja hacia los ritmos de América Latina.La ironía que destila la pareja fue aplaudida en Tetas, crítica a las exigencias de la industria musical por parte de unos músicos demasiado inclasificables como para hacerse entender en los despachos. Lo suyo es llamar la atención, y para ello no dudan en cantar recostados sobre las butacas para saltar de ellas cuando menos te lo esperas, o valerse de todos los gestos imaginables para capturar una y otra vez la mirada del público, entre el que se contaban numerosos fans. Para el resto, en las pantallas se podían leer sobreimpresionadas las letras de las canciones, lo que facilitaba el karaoke ya fuera en Hasta Jesús tuvo un mal día, la brasileña Goo goo gaa gaa y por encima de todo Dumbai, irresistible síncopa que les ayudó a dar el salto desde el Tiny Desk.El concierto se movió por todos los extremos, combinando sin tapujos la bossa nova de Mi deseo con el funky de Bad bitch, que Catriel culminó con un guitarreo a lo Van Halen. Siguió enlazando a la perfección con Todo ray, de nuevo con su relato autorreferencial cantando “De accidente en accidente pero igual no paro/todo por seguir viviendo el sueño americano”; eso sí, sin olvidar el humor de El único, que convirtió al Sant Jordi en una fiesta.Con el público entregado, el show subió una marcha para encarar el final, una fiesta total al ritmo de Catriel, que no paró de dar saltos como un loco antes de regalar un retumbante guitarreo thrash metal acompañado por una batería del mismo estilo. No importaba, el público seguía aplaudiendo igual, magnetizados por la ironía de la propuesta, que se reía de sí misma a cada momento hasta la cima de Ha ha, entre lo melódico, el thrash y la percusión afro, todo en una sola de las canciones compuestas por estos músicos que por momentos parecen gozar del mismo don diabólico que el Mozart de Milos Forman.El escenario se tornó rojo, los locos bajaron del hemiciclo para unirse a la fiesta y el Sant Jordi se transformó en rave con electrónica, rayos láser y troleo del trap cuando cantan “Quiero comprarme una casa/y otra para descansar”. El bombo a negras resonaba machacón y festivo como también sucedió en Pirlo, balada convertida en locura acelerada donde intercalaron la banda sonora de Superdetective en Hollywood y el escatológico reguetón Culo con caca(sic). Todo valía anoche en el Sant Jordi, donde Catriel y Ulises demostraron el poder sanador de la música ahorrándose épica y lágrimas, reemplazadas por esta libertad de espíritu que exhibieron hasta el final, cuando se retiraron cantando “Para que voy a hacer hoy lo que puedo hacer mañana/ si alguien más lo puede hacer, mucho mejor”.
Ca7rel & Paco Amoroso, sanación musical sin renunciar a la locura
La pareja argentina convirtió el Palau Sant Jordi en una fiesta polifónica cargada de ironía y buen humor






