Pakistán advirtió este miércoles a los hutíes del Yemen de una extensión de su conflicto en Arabia podría activar el Pacto de la Meca. Este acuerdo, suscrito hace un mes por Turquía, Arabia Saudí y Pakistán presupone que “el ataque contra uno es un ataque contra todos”, como recordó el ministro de Defensa de este último país, Khawaja Asif. El gobierno rebelde de Saná ataco el martes tres instalaciones petrolíferas de Aramco y una base aérea en territorio saudí, con el resultado de 73 heridos. Según el movimiento rebelde -que se autodenomina Ansaralá o “servidores de Dios”- fue una represalia contra ”120 bombardeos previos por parte de Riad”. El aviso de Islamabad también debe haber sido escuchado por el gobierno de Irán, considerado protector de los hutíes. Estos son mayoritariamente chiíes de la secta zaidí, seguida en el Yemen desde por lo menos seis siglos antes de que el chiismo fuera abrazado por los persas.La advertencia es mucho más directa que la ambigüedad que rodea al nuevo pacto de defensa mutua entre tres potencias musulmanas suníes. Cuando Zulfiqar Ali Bhutto dijo que los pakistaníes comerían hierba si hacía falta, pero que conseguirían la bomba atómica, lo último que debía tener en mente era la protección de Turquía y Arabia Saudí. Sin embargo, el paraguas nuclear de Pakistán es el as en la manga del Pacto de la Meca. Desde el 7 de agosto, muchos intentan descifrar el alcance del acuerdo firmado por el príncipe saudí, Mohamed bin Salman, el presidente turco Recep Tayyip Erdogan y el primer ministro pakistaní, Shehbaz Sharif. Los tres mandatarios dijeron que no era una alianza contra ningún país y que, además, estaba abierta a nuevas inclusiones. La ambigüedad forma parte de la disuasión, como reconoció una de las partes implicadas, cuando se le preguntó si las ojivas nucleares pakistaníes formaban parte del pacto. Este también puede ser visto como la mera incorporación de Turquía al acuerdo de defensa mutua suscrito apenas once meses antes entre Arabia Saudí y Pakistán. Ya entonces surgió la misma duda, insatisfactoriamente resuelta. “Implica todos los medios militares”, dijo un funcionario saudí. Algo inicialmente corroborado por el ministro pakistaní, Khawaja Asif, que luego se retractó. La alianza suscrita en la ciudad más sagrada del islam entre tres pesos pesados suníes está siendo diseccionada en Tel Aviv, Teherán y Nueva Delhi. Por lejos que esté aún de ser una “OTAN musulmana”. Con el embrollo añadido de que uno de ellos, Turquía, es miembro de la OTAN desde hace tres cuartos de siglo.El presidente Donald Trump, para sorpresa de muchos, declaró estar “muy contento” por ese “primer paso valiente” de tres de los aliados tradicionales de los EE.UU.. Sin embargo, su socio más estrecho, Israel, no se lo tomó tan bien, puesto que al cabo once días bombardeó una base aérea abandonada -eso sí, en Siria- para impedir que fuera ocupada por militares turcos. Mientras que Irán confesaba que llevaba días al corriente de las negociaciones y que no las veía como una amenaza.Varios analistas han señalado la combinación de capacidades. Pakistán aporta un ejército gigantesco. Arabia Saudí, una enorme capacidad de financiación. Turquía, sus crecientes capacidades en la industria de Defensa y, no menos importante, un país de 86 millones de habitantes en que los niños sueñan con ser soldados antes que futbolistas. Todos ellos aportan su geografía, casi igual de crítica. En el caso de Arabia Saudí, a lo largo del mar Rojo; en el de Turquía, con los estrechos turcos; en el de Pakistán, las orillas del mar Arábigo y las lindes de Afganistán y Xinjiang, en China. Pero solo los pakistaníes poseen además un arsenal estimado en 170 ojivas nucleares, acumulado desde su ensayo atómico de mayo de 1998, días después de que India realizara su segundo test. En este sentido, aunque Nueva Dehi mantiene un arsenal nuclear apenas mayor, está mucho más cerca de lograr la ambicionada tríada nuclear. Es decir, la capacidad de segundo ataque, por la combinación de plataformas de lanzamiento aéreas, terrestres y submarinas, con dos submarinos de propulsión nuclear ya en servicio. India también está desarrollando misiles balísticos intercontinentales con China en mente, coartada que no puede utilizar Pakistán. El alineamiento de los tres países musulmanes citados no surge en el vacío. Han tenido que pasar muchas cosas para que fuera incluso imaginable. No hay que olvidar que hace muy pocos años la enemistad entre Recep Tayyip Erdogan y el príncipe heredero saudí era profunda. Turquía salvó a Qatar del bloqueo de sus vecinos y luego puso a Mohamed bin Salman contra las cuerdas por el asesinato del columnista saudí Jamal Khashoggi en su consulado de Estambul. La inquina era todavía mayor entre Erdogan, aliado de la cofradía de los Hermanos Musulmanes, y el mariscal Abdelfatah al Sisi de Egipto, que aplastó a estos últimos. También esta herida fue restañada, con sendas visitas en 2024. Tanto es así que se especula con que Egipto sería, junto a Qatar y Bangladés, el país con más posibilidades de unirse al club en un futuro cercano. Que no lo haya hecho permite dos cosas. En primer lugar, da credibilidad al Pacto de la Meca como bloque dispuesto a plantar cara al proyecto expansionista del Gran Israel, más allá de Palestina. Algo que sería más difícil con Egipto en su seno, por los acuerdos de Camp David. Por otro lado, permite que Al Sisi -que la semana pasada recibió al presidente chino Xi Jinping- pueda seguir siendo un mediador entre partes irreconciliables, principalmente en el conflicto entre israelíes y palestinos. El Pacto de la Meca habría encendido las alarmas en Irán, como una apisonadora suní contra sus intereses, hace muy pocos años. Sobre todo antes de que Pekín apadrinara el restablecimiento de relaciones entre Riad y Teherán, en 2022. Sin embargo, Oriente Medio está ya en otra pantalla. Con el eje chií -aliado explícito de Irán- casi tan descalabrado en la región como el eje kurdo, aliado explícito de EE.UU. e implícito de Israel. En su lugar, domina la ecuación la pugna por la influencia en Siria entre Turquía e Israel . Con tropas del Tsahal no solo en el sur del Líbano, sino también en el sur de Siria, más allá del Golán. India a la expectativaIndia también está inquieta. Los carteles oficiales que en las calles de Islamabad o Karachi saludaban el Pacto de la Meca, no solo mostraban a los tres mandatarios de los países firmantes, sino también al jefe del ejército pakistaní, Asim Munir. Las buenas relaciones entre Pakistán y Turquía o entre Pakistán y Arabia Saudí, no son nuevas. La novedad radica en la triangulación, que además abre nuevas palancas de influencia para China en Oriente Medio. Aunque la relación de Nueva Delhi con Riad es fluida, es mucho más articulada con Abu Dabi. Se habla, de hecho, de la configuración de un eje logístico, político y militar formado por India, Emiratos Árabes e Israel, con el visto bueno de EE.UU. y una Francia cada vez más implicada. Dicha alineación se solapa, en su dimensión logística, con el Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa, que se presenta como alternativa a las Nuevas Rutas de la Seda. Un eje que a su vez estaría sirviendo de acicate para la conformación del eje alternativo Pakistán-Arabia-Turquía, que China considera “una buena noticia”, como señal de “autonomía estratégica” en la región. Pakistán tiene motivos adicionales para hacer méritos, puesto que ocupará durante tres años la secretaría del Pacto de la Meca (no en la simbólica ciudad sagrada del islam, sino en Riad). Esta será finalmente la misma secretaría formada a raíz de su acuerdo precedente de defensa mutua con Arabia Saudí, con la mera incorporación de Turquía. La entente entre Riad e Islamabad llevó ya en abril a aumentar hasta 8.000 el número de soldados pakistaníes en el reino -muy por encima de los que mantiene EE.UU y mucho más cerca del golfo Pérsico y del estrecho de Ormuz- con el añadido de un escuadrón de 16 cazabombarderos JF-17 de fabricación china y dos de drones, además del sistema chino de defensa antiaérea HQ-9.En Arabia Saudí no estaban ciegos ante las arriesgadas apuestas geopolíticas emiratíes, pero pudieron hacer la vista gorda durante mucho tiempo, entre otras cosas por su buena relación con India, buen cliente de su petróleo y origen de muchos de sus trabajadores inmigrantes. Sobre todo mientras se mantuvo la quimera de que Arabia Saudí pudiera unirse también a los Acuerdos de Abraham, en detrimento de Palestina, como hicieran antes Emiratos, Marruecos y Bahréin. Algo que el aplastamiento de Gaza -tras la razia asesina de Hamas, el 7 de octubre de 2023- puso muy cuesta arriba. Finalmente, en Islamabad, Ankara y Riad no pasó inadvertido el abrazo entre Beniamin Netanyahu y Narendra Modi en Jerusalén, en vísperas del bombardeo de Irán, el pasado 28 de febrero.Distanciamiento entre Arabia y EmiratosA ello hay que añadir el deterioro de la relación entre el príncipe saudí Mohamed bin Salman y el emir de Abu Dabi, Mohamed bin Zayed. Sobre el papel, primer ministro y presidente de sus respectivos países. A finales del año pasado, tras los avances territoriales de mercenarios a las órdenes de Abu Dabi en el estratégico este del Yemen, Arabia Saudí dio un puñetazo sobre la mesa y les bombardeó. Forzando a su gobierno protegido en Yemen a dar 24 horas a los emiratíes para retirarse del país, incluida la isla de Socotra. Narendra Modi posó estrechando la mano de António Guterres y de Mohamed bin Zayed (derecha) en la cumbre COP28 de Dubái, en diciembre de 2023. AFPEl 28 de abril, a los dos meses exactos de la guerra desencadenada en Irán -en la que Emiratos fue el país más golpeado de la península arábiga- el emir de Abu Dabi anunció su salida de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Una nueva afrenta a Arabia Saudí y una nueva muestra de la geometría variable de las alianzas emiratíes.Porque, mientras MBS invertía lo indecible en su juguete de Neom -ciudad futurista ahora paralizada- Emiratos seguía poniendo peones en la orilla opuesta del mar Rojo y sus inmediaciones. En la separatista Somaliland -recién reconocida por Israel- levantó el puerto de Berbera y en Eritrea el puerto militar de Assab, en que el etíope Abiy Ahmed ha vuelto a poner el ojo. Cabe decir que tanto en Somalia como en Sudán, Libia y otros puntos calientes, Emiratos financia a facciones opuestas a las de Turquía. Y el actual distanciamiento entre Riad y Abu Dabi ha abierto una oportunidad que Recep Tayyip Erdogan no estaba dispuesto a dejar escapar.Cabe añadir que el reparto de papeles entre emiratíes e israelíes -unidos por los Acuerdos de Abraham- llega hasta la costa atlántica africana, donde Emiratos -y Bahréin- abrieron consulado en El Aaiún ocupado (en contra del criterio de la ONU) y donde gasistas israelíes capitanean la prospección de las aguas entre el Sáhara Occidental ocupado y Fuerteventura, tal como hacen en las aguas palestinas de Gaza. Emiratos es, además, el primer actor internacional en el sector energético marroquí, en pugna enconada con el enemigo compartido argelino y su gas. El cualquier caso, el principal desencadenante del Pacto de la Meca ha sido la incapacidad del Pentágono para proteger a aliados musulmanes claves que además se cuentan -o contaban- entre los mejores clientes de su industria de defensa. Algo manifiesto en la guerra aún inconclusa con Irán, que lo que ha hecho en realidad es ponerlos en la diana, haciendo entrar en crisis su modelo económico. Para más inri, la insensibilidad agravada del presidente Trump hacia los palestinos ha llevado a varios de sus socios históricos a mover ficha. Más hacia una alianza de seguridad complementaria que verdaderamente alternativa. Enfrente tiene otra alianza emergente, pero Washington no manifiesta inquietud porque considera con razón que puede influir de forma decisiva en ambas. Cabe decir que Pakistán adquiere más del 80% de su armamento en China y Arabia Saudí -tras décadas enriqueciendo a la industria de defensa de EE.UU.- estudia importar aviones de guerra de tecnología china ensamblados en Pakistán. China también despunta como posible adjudicataria de la segunda o tercera central nuclear turca. La primera, de la rusa Rosatom, entrará en funcionamiento este año. No es de extrañar que el director de la edición digital de Times of India afirme que el Pacto de la Meca tiene “un ganador silencioso”, que no es otro que China. Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) es corresponsal de La Vanguardia en Bangkok. Previamente ha sido corresponsal del diario en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.