Héctor Socas posa para ICON en la facultad de Ciencias Físicas de la Complutense.Ismael Nasrollah Las clases han terminado y escasean los alumnos en los pasillos de Ciencias Físicas de la Complutense, pero Héctor Socas (Tenerife, 53 años), investigador del Instituto de Astrofísica de Canarias (IAC) y director de la Fundación Telescopio Solar Europeo, participa en una reunión del consorcio internacional AtLAST, que impulsa la construcción de un gran radiotelescopio en Chile. Entre sus líneas de investigación destaca la física solar: quiere aprender a predecir las tormentas solares —de “consecuencias potencialmente catastróficas” sobre satélites, GPS y sistemas electrónicos—, “con unos días de antelación, como hacemos con la meteorología terrestre”. Pero también tiene tiempo de hacer “arqueología del Sol y de los planetas”, buscando con su colega del IAC Ignacio Trujillo el hipotético Planeta Nueve, cuyo incierto hallazgo “ayudaría a entender cómo se formó el Sistema Solar”. En una mañana de comienzos de junio el sol sortea las hojas en el jardín frente a la facultad mientras trinan los pajarillos. Todo invita al alborozo, como su ensayo Horizontes de la civilización (Planeta, 2026), que nada a contracorriente del fatalismo imperante desde el subtítulo: Una mirada optimista al futuro de nuestra especie. Para este afable divulgador, ese optimismo consiste en asumir que seguimos a tiempo de decidir nuestro destino. Así, sentado en un banco de piedra, Socas charla con ICON sobre un libro que mira hacia el futuro, pero también viaja hacia los orígenes de la humanidad. O eso creemos porque, como apunta su autor, “el tiempo no fluye, nosotros sí lo hacemos”. “Estamos en un momento en que hay muchas puertas que se están abriendo y tenemos que elegir qué caminos tomar”, señala el también creador de Coffee Break: Señal y Ruido, un podcast semanal sobre actualidad científica. Y no deja ninguna cerrada: la inteligencia artificial autónoma, la búsqueda de vida inteligente, el sentido del trabajo, los riesgos planetarios… Todo ello como recordatorio de que, parafraseando a Spiderman, a mayor poder, mayor responsabilidad. Reivindicar el optimismo puede resultar naíf para tantas personas que creen que el apocalipsis está cerca. Incluso hay gente que piensa que está lejos, pero lo dice con pesimismo [risas]. El pesimismo está de moda. Vivimos obsesionados con él y es un error. Primero, porque no es cierto: vivimos en el mejor momento que ha conocido la humanidad. Tenemos un sesgo psicológico, comprensible desde el punto de vista evolutivo, que hace que prestemos más atención a las malas noticias. Pero, además, se ha impuesto un pesimismo intelectual. Cuando era joven leía historias que imaginaban futuros extraordinarios; ahora casi todo son distopías. Eso acaba influyendo en la psique colectiva. No solo es incorrecto, sino también contraproducente porque estamos al borde de una depresión colectiva, y lo peor es que llega un momento en que ni siquiera quieres curarte. Soy optimista porque otro futuro es posible, hay muchos avances que nos abren posibilidades para un mundo mejor, pero requerirá mucho esfuerzo. Estamos en una encrucijada histórica y no podemos afrontarla desde la apatía, necesitamos entusiasmo. Abre su libro con una cita que dice que probablemente “el universo es más extraño de lo que podemos imaginar”. Si, por ejemplo, una hormiga pasara ahora por debajo de este banco, no tendría forma de saber que estamos aquí conversando. ¿Qué nos dice eso sobre nuestra propia capacidad para entender el universo? Me gusta mucho esa cita de John Haldane porque refleja una idea que hoy está muy presente en la ciencia: hemos aprendido a ser más humildes. Quizá nunca lleguemos a comprender el universo por completo. Es posible que para lograrlo hiciera falta una inteligencia diferente o superior a la nuestra, pero sí podemos seguir ampliando nuestro conocimiento y disfrutando del placer de descubrir. Los seres humanos somos exploradores por naturaleza, nos gusta aprender y descubrir cosas nuevas. Yo reivindico la ciencia también como placer humano, al tiempo que nos hace la vida mejor. Además, nos aparta del concepto, también muy humano, de magia, de superstición. De tener que hacer ciertas cosas para evitar el castigo de no sé qué ser superior. Esa visión del mundo más racional nos hace más libres. ¿Por qué se interesó en la divulgación? Porque me influyó profundamente la que consumía de joven. No solo hizo que quisiera dedicarme a la ciencia, sino que modeló mi personalidad, mi forma de ver el mundo y la vida. Vivimos en una época en la que el ciudadano necesita cultura científica para participar en conversaciones fundamentales, lo que es casi una obligación moral: los riesgos y oportunidades de la IA, los dilemas éticos, cómo conseguir que el progreso no deje a nadie excluido... Esos debates requieren una sociedad informada. ¿Podría una IA llegar a comprender el universo mejor que nosotros? Sí, es una posibilidad. No hace falta ni siquiera que llegara la singularidad, bastaría con llegar a inteligencia sobrehumana, algo perfectamente factible. Sería maravilloso si pudiera ayudarnos a entender mejor el universo, aunque quizá nunca podamos alcanzar su nivel de comprensión. Igual que la evolución produjo una especie con una capacidad cognitiva mayor que las anteriores, es posible que nosotros estemos dando origen a otras criaturas que tengan una comprensión del universo más profunda que la nuestra. ¿Y en qué lugar nos dejaría? Esa es una preocupación muy recurrente. Hay quien teme que una IA haga mejor literatura, música o ciencia que nosotros. Yo hace tiempo que dejé de preocuparme por eso. Ya hay personas mucho más inteligentes que yo o que escriben mejor, y no lo vivo como una amenaza, sino como algo de lo que puedo disfrutar y aprender. Igual que no creo que porque una persona sea más inteligente vaya a querer engañarme, tampoco creo que otra inteligencia superior, por serlo, tenga que convertirse necesariamente en un problema o actuar con maldad. Las máquinas tampoco tienen motivaciones como el poder o el dinero. Esas historias pertenecen más a la ciencia ficción. Entrenamos las redes neuronales, los sistemas de IA, para cumplir los objetivos que les damos; no para autopreservarse o destruir a la humanidad. Explica que, por primera vez en la historia, el desarrollo tecnológico avanza más rápido que el relevo generacional. ¿Estamos preparados para gestionar bien ese poder? Nos cuesta adaptarnos a cambios tan rápidos, especialmente a medida que envejecemos. Tenemos que replantearnos la educación para que sea un aprendizaje permanente y encontrar la forma de que las personas mayores no queden excluidas. El cambio climático demuestra que hemos adquirido un enorme poder para transformar el planeta y que ahora estamos aprendiendo a asumir esa responsabilidad, pero revertir un proceso que lleva más de un siglo en marcha es como intentar detener un tren desbocado. Aun así, veo señales de progreso. Hoy existe una conciencia ambiental que antes era impensable. Avanzamos, aunque quizá no tan deprisa como necesitamos. Hablando de educación, también cuestiona la idea de dedicar toda la vida al mismo trabajo. Sí, solemos entender el trabajo como el precio que pagamos para disfrutar del resto de la vida. Pero el tiempo es lo más valioso que tenemos. Yo soy un privilegiado porque disfruto de mi trabajo y creo que el progreso debería conducir a que los seres humanos hicieran tareas cada vez más humanas, menos repetitivas y más creativas, dejando a las máquinas los trabajos más duros, peligrosos o aburridos. Pero el escenario en que no necesitásemos trabajar también tiene riesgos. El trabajo nos da una rutina y un propósito. Si las máquinas hicieran todo por nosotros, necesitaríamos encontrar nuevas motivaciones. Escribir un libro, descubrir un planeta, ayudar a otras personas... El futuro del trabajo es hacer algo que te autorrealice. Pero hoy el trabajo también define nuestra identidad. Creo que sería un paso más en la evolución del modelo social que llegue un momento en que uno no sea aquello con lo que se gana la vida, sino aquello que decide hacer. Me parece una perspectiva muy bonita. El riesgo es que, si no encontramos un propósito, una sociedad de la abundancia también podría generar apatía o conductas autodestructivas. ¿Qué probabilidad tenemos de sobrevivir a nuestra adolescencia tecnológica, este momento en que nuestro propio desarrollo podría acabar con nosotros? No tenemos datos para calcular esa probabilidad. Necesitaríamos encontrar otras civilizaciones porque incluso descubrir los restos de una extinguida nos daría pistas sobre cuánto puede sobrevivir una especie tecnológica. Aun así, soy optimista: si, como explico en el libro, aplicamos el argumento de Gott [profesor de astrofísica en Princeton], al 95% de probabilidad nos quedan entre 40.000 y 8 millones de años en este planeta. O sea, tiene pinta de que vamos a vivir miles de años, con lo cual creo que sí la pasaremos. Y de todos los apocalipsis posibles, ¿cuál imagina el más plausible? No creo que el mayor peligro sea nuestra desaparición, sino perder nuestra identidad humana. El peor futuro que imagino es el de WALL·E: una sociedad que lo tiene todo tan resuelto que vive en vacaciones continuas y deja de crear, investigar, ayudar a los demás o perseguir nuevos retos. Me preocupa más una humanidad sin motivaciones. Si encontráramos una inteligencia extraterrestre, ¿estaríamos más cerca de E.T., Arrival o Mars Attacks!? Diría que de Arrival o E.T. Para empezar, dudo mucho que llegáramos a tener un contacto físico: las distancias entre las estrellas son enormes y quizá ni siquiera sea viable una conversación mediante señales. Pero, además, una civilización capaz de establecer ese contacto tendría que haber superado su propia adolescencia tecnológica. Sería una sociedad no solo más avanzada tecnológicamente, sino también socialmente. ¿Deberían entonces tener más miedo ellos de nosotros que nosotros de ellos? Sí, la civilización más avanzada debería tener miedo de la menos avanzada. La historia demuestra que, a medida que progresamos, tendemos a ser más cuidadosos. Hoy, por ejemplo, esterilizamos las sondas espaciales para no contaminar otros mundos. No veo sentido a esas historias tipo Independence Day o V en las que los extraterrestres vienen a invadirnos para robarnos el agua, comernos o esclavizarnos. Una civilización tan avanzada probablemente tendría cubiertas esas necesidades. Lo más lógico es que sintieran curiosidad por estudiarnos, igual que nosotros estudiamos una especie recién descubierta. Defiende avanzar hacia una gobernanza global para afrontar desafíos como el cambio climático o el riesgo de impacto de un asteroide. Sin embargo, parece que el mundo avanza justo en la dirección contraria. No propongo abolir las naciones. Igual que hoy existen distintos niveles de gobierno —municipal, autonómico, estatal o europeo—, creo que también debería haber competencias planetarias. Hay problemas, como las pandemias, la bioingeniería o el cambio climático, que simplemente ya no pueden resolverse desde un solo país. Pero, como cualquier transformación profunda, tiene que empezar desde la sociedad. Primero tenemos que entender que existen problemas que requieren una perspectiva global; solo entonces podremos trasladar esa demanda a las instituciones. No se puede imponer un modelo de gobernanza desde arriba y esperar que perdure. Tenemos que empezar a pensar como ciudadanos del siglo XXI. Recuerda en el libro que “caminamos a hombros de gigantes”. ¿Qué cree que opinaría hoy Carl Sagan sobre los horizontes de la civilización? Quiero pensar que estaría bastante de acuerdo con lo que se dice en el libro. Mi forma de entender el mundo está muy influida por Sagan, Asimov o Arthur C. Clarke. Evidentemente, ellos escribían en el contexto de la Guerra Fría y nosotros afrontamos desafíos distintos, pero creo que los principios siguen siendo los mismos: una mirada racional, humanista y abierta al futuro. ¿También compartirían ese optimismo sobre nuestra especie? No me cabe ninguna duda.