Eduardo Elsztain —a quien conozco desde hace muchos años y por quien profeso un profundo afecto y respeto personal— se ha convertido, una vez más, en el blanco preferido de las teorías conspirativas y del prejuicio antisemita más rancio que anida en ciertos sectores de la sociedad argentina. A raíz de un artículo firmado por Jorge Liotti en La Nación, salió a la luz el intento que realizó el titular de IRSA para adquirir la mayoría accionaria de la Falkland Islands Holdings Limited, la nave insignia del comercio, los servicios y la economía en las Islas Malvinas. La reacción en redes sociales y en determinados ámbitos políticos no se hizo esperar: desde acusaciones de «pacto con los británicos» hasta las ya conocidas demencias sobre oscuros planes de ocupación territorial. Un disparate absoluto. Lo que Elsztain intentó en 2017 —y que fue bloqueado de manera tajante por las propias autoridades británicas, con la entonces primera ministra Theresa May a la cabeza— no fue otra cosa que una jugada de soberanía pragmática y diplomacia corporativa. En una conmovedora carta pública que el propio empresario difundió para aclarar el asunto, recordó las palabras de su abuelo Isaac: si Argentina se hubiera involucrado económicamente en la vida de las islas durante el siglo XX, quizás habríamos evitado la tragedia de la guerra de 1982. Juan Domingo Perón entendió esa misma lógica cuando intentó comprar la Falkland Islands Company, al igual que lo intentó el empresario César Sarabia en los años setenta.