Cuando un Papa visita un país, no es solo un hombre quien llega: llega una pregunta. Y la pregunta que trae León XIV, es la misma con la que abre su primera encíclica, es tan simple como incómoda: ¿qué estamos construyendo? No es una pregunta sobre edificios o agendas gubernamentales, sino sobre el tipo de vínculo que estamos tejiendo entre nosotros, qué lugar estamos dejando para aquellos que tienen menos, sobre dónde estamos mirando cuando tomamos decisiones. Esta pregunta llega a una Argentina que necesita escucharla de una manera específica. Somos la nación que vio partir a un Papa argentino que nunca pudo volver a pisar su tierra como pastor universal. Esa ausencia fue una herida abierta en el corazón de muchas personas, creyentes y no creyentes, que esperaron año tras año que él llegara al pueblo. Que un sucesor de Pedro venga a nosotros ahora no cierra instantáneamente esa herida, pero puede convertirla en otra cosa: la oportunidad de encontrarnos con la visita que soñamos, y hacerlo con un corazón abierto, sin resentimientos, sin comparaciones estériles, agradecidos de que el amor personalizado de un Papa venga a nosotros. Lo primero que esta visita debería agitar en el alma argentina es la elección entre dos formas de construir. El Papa las toma de las Escrituras y las transforma en un espejo de nuestro tiempo: Babel o Jerusalén. Babel es la tentación eterna: un pueblo que construye una torre muy alta para hacerse un nombre, para no depender de nadie, de modo que el poder de unos pocos llegue al cielo mientras abajo, en la base, la gente común es aplastada por el peso del trabajo.
Lo que la visita del Papa León XIV debería despertar en el corazón argentino
“Argentina tiene todo lo necesario para reconstruirse como Jerusalén y no como Babel”, sostiene la autora. “No hay necesidad de esperar a un salvador providencial; la reconstrucción del país es obra de todos”, dice e invita a reflexionar.








