El 29 de agosto de 2008, Mariana Sepúlveda León salió de su casa ubicada en el pasaje Logroño, en la comuna de Conchalí, para ir a su colegio, en Independencia. Lo primero era pasar por una amiga, de nombre Francesca, quien vivía cerca de ella. Era la rutina de todos los días. Pero esto último nunca ocurrió.

Esas fueron las últimas horas conocidas de una joven de 19 años cuyo rastro se perdió desde ese entonces y cuyo caso podría tener una nueva arista, luego de que un sujeto, identificado como Ghilsan Quiroz (42), acudiera a Carabineros para entregar una supuesta confesión de que él estaría detrás de la desaparición de la joven.

Fue la Policía de Investigaciones (PDI) la que estuvo a cargo del caso en una primera parte. En esos primeros días, los detectives empadronaron los distintos Terminales de Buses de Santiago revisando si aparecía alguna pista sobre Sepúlveda. Como una medida que proporcionara algún antecedente, se comenzó a difundir la imagen de la joven en afiches, páginas de internet y las pantallas de Metro.

La joven fue descrita por su entorno cercano como “una muchacha tranquila”, de comportamiento “normal” y que no pertenecía a ningún tipo de tribu urbana, una moda típica de esos años. Sus padres señalaron por la época que no tenía problemas psicológicos y que no consumía ni alcohol ni drogas.