Las lágrimas de Leo cayeron demasiado desnudas ante millones de miradas en el mundo que vieron al gran prodigio de la pelota sufrir como nunca se lo había visto en un estadio de fútbol, el escenario donde goza y hace gozar. Mientras lloraba, o acaso por eso, Leo miraba a la multitud, a los ojos, cara a cara. Era él solo y los que estaban en la cancha, o sólo él y los que estábamos mirando las pantallas. Los muchos y él, sentíamos algo inmenso que pocas veces en la vida es posible de sentir.

No era la derrota en la final del mundo, era que intuíamos el gran final y eso dolía mucho más. No era sólo el final de Messi en la selección, sino de una época, de 20 años en los que nos sentamos a ver con qué maravilla nos convidaba. Es más, al cierre de su carrera, ya no sólo se trató de embrujos con sus pies y la pelota, sino que nos llevó al sitio en el que, equivocados o no, nos sentimos pertenecer al pequeño cielo al que nos malacostumbraron Diego y Messi: ser campeones.

¿Campeones de qué? De todo el orbe, nada menos, lo que tantos sueñan y unos pocos consiguen. El fútbol es un fabuloso imán de multitudes, el más global de todos los fenómenos de masas. Las estrellas del juego adquieren una condición de popularidad incomparable, más aún si se trata del más sobresaliente de todos, como es Messi, quizá la persona más famosa del planeta.