La despedida de la Selección Argentina que Leo Messi posteó en sus redes sociales el lunes 1° de septiembre generó, sobre todo en las generaciones sub 35, una sensación de desamparo, de que no hay mañana, de que sin el 10 del siglo XXI no habrá equipo ni gloria. No colaboraron mucho los medios, que trataron (y sobreactuaron) el tema como si Messi se hubiese ido de este mundo y no anunciado el final de un ciclo brillante. Lo que se plantea ahora es ese futuro tan temido. Cuando Maradona dejó la Selección casi no tuvimos tiempo de pensarlo porque su final fue abrupto. Diego dejó la Selección cuando “le cortaron las piernas”. Fue tanta la decepción que nadie se puso a pensar en que era el final de un ciclo brillante en el equipo nacional. No había redes sociales en donde anunciar, apenas fue el primer Mundial en el que trabajamos con un teléfono celular. Todo se trató de buscar culpables en la AFA, la FIFA, la asistente que lo llevó hasta el doping (Sue Carpenter), los médicos que le tomaron la muestra, el fisicoculturista que lo asistió durante la concentración. Toda esta distracción fue ruido que impidió el análisis y el recuerdo. La nostalgia por no ver ya a Diego en la Selección Argentina ocurrió bastante tiempo después, más que nada cuando dejó definitivamente el fútbol, en octubre de 1997. Messi usa la comunicación acaso como ningún otro deportista en la Argentina y, probablemente en el mundo, si tenemos en cuenta el nivel de interés y repercusión que tiene cada uno de sus pasos o los de su familia. Marcelo Mendez –ex Adidas—es quien maneja, desde 2014 y con mano maestra, su prensa y su comunicación institucional. Ese posteo, esas fotos de la lapicera de Harry Potter y los manuscritos que son testimonios del puño y letra causaron la impresión y el rebote esperado. Es cierto que desataron una ola de sobreactuaciones, ridículas autoreferencias, dramatismo absurdo, reacciones que dieron vergüenza ajena, pero también (y mayoritariamente) pusieron de manifiesto el amor que le tiene el hincha de futbol, en un tiempo de mucha sensibilidad por aquellas lagrimas de la final y el fallecimiento del papá el 8 de agosto. El hincha común, el pibe que lo ama desde siempre, el que lo tiene como ídolo absoluto, es el que hoy se siente vacío y sin saber como sigue esto.