Krakatoa, una isla situada en el estrecho de la Sonda, entre Java y Sumatra, en la actual Indonesia, había sido un volcán que, pese a estar activo durante siglos, había conseguido estabilizarse. Todo cambió una mañana de mayo de 1883, cuando el capitán del buque de guerra alemán Elisabeth divisó una nube de ceniza y polvo que se elevaba sobre la isla.
Lo que el hombre no se podía esperar es que aquello que vio formaría parte de una de las primeras erupciones volcánicas documentadas en esta isla en al menos dos siglos. Los dos meses siguientes, el “espectáculo” continuó en el volcán, y las columnas de ceniza y vapor se iban elevando poco a poco sobre la isla, siendo visible a decenas de kilómetros de distancia. Pocos podían imaginarse que el volcán no estaba más que acumulando una energía enorme que acabaría saltando por los aires.
A mediados de agosto, las erupciones se hicieron mucho más frecuentes y violentas, y el día 26, Krakatoa entró en una fase prácticamente continua de explosiones. Una enorme columna de ceniza terminó por oscurecer todo el cielo, y una gran cantidad de material volcánico empezó a caer sobre los barcos y los pueblos cercanos. Había comenzado la erupción que pasaría a la historia por sus terribles consecuencias.















