Entrevista Exclusivo suscriptores La iniciativa, que culminará en 2027, ha restaurado 2.856 hectáreas y beneficiado a 5.026 personas, pero aún tiene metas pendientes.El proyecto de US$87,6 millones ha cumplido o superado varios indicadores, mientras la restauración alcanza 65 % y el cierre de minas sigue siendo uno de sus principales desafíos. Foto: Ministerio de AmbientePERIODISTA DE MEDIOAMBIENTE Y SALUD04.09.2026 14:04 Actualizado: 04.09.2026 14:32

Colombia concentra la mitad de los páramos del planeta: cerca de 2,9 millones de hectáreas repartidas en 37 complejos que funcionan como reguladores hídricos para buena parte del país. Básicamente como una esponja que captura y va liberando el líquido del cual depende el 85 % del consumo humano, el riego y la generación eléctrica nacional. Y sin embargo, esos ecosistemas siguen bajo presión por la ganadería, la minería, la agricultura y el cambio en el uso del suelo.Para atender ese problema nació, en 2022, el proyecto más ambicioso de inversión en gestión integral de páramos que se haya emprendido en el país: ‘GEF-Páramos para la Vida’. Financiado con cerca de USD 87,6 millones —USD 13,6 millones del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF) y USD 74 millones de cofinanciación del Gobierno de Colombia y sus socios— y ejecutado por el Instituto Alexander von Humboldt en alianza con el Ministerio de Ambiente y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), el proyecto está a menos de un año de su cierre formal, previsto para junio de 2027. LEA TAMBIÉN Páramos para la Vida llega a su último año con avances, pero también metas por cerrar. Foto:Instituto HumboldtCon la recta final a la vista, EL TIEMPO habló con Lina García-Loaiza, coordinadora general del proyecto e investigadora del Instituto Humboldt, para hacer un balance de lo que se ha logrado, lo que falta y los riesgos que enfrenta Colombia si no protege sus páramos.Dónde y con quién trabaja el proyectoDe los 37 complejos de páramo del país, el proyecto priorizó 16, donde definió 32 “ventanas de implementación” repartidas en seis departamentos: Nariño, Cauca, Tolima, Cundinamarca, Boyacá y Santander. El criterio para escogerlas no fue solo ecológico, sino hídrico: se trata de zonas donde nacen cuerpos de agua que alimentan algunos de los principales ríos del país, entre ellos el Magdalena, el Cauca, el Patía, el Chicamocha, el Páez y el río Bogotá.“Esa relación que tiene la alta montaña con estos ríos fue uno de los principales criterios que se tuvieron en cuenta a la hora de priorizar las áreas de trabajo de este proyecto”, explica García-Loaiza.En esos territorios, el proyecto trabaja con comunidades campesinas y con ocho territorios indígenas —cuatro en Nariño, tres en Cauca y uno en Tolima—, además de 13 autoridades ambientales regionales y Parques Nacionales Naturales. Un equipo de más de 70 personas, distribuido en cada uno de los departamentos y no concentrado en Bogotá, ha sido, según la coordinadora, clave para que las comunidades se sintieran identificadas con el proceso.El proyecto se estructura en cuatro componentes. El primero está enmarcado en la gobernanza para la conservación y el uso sostenible de la biodiversidad, y busca fortalecer las capacidades de las principales instituciones nacionales, regionales y territoriales, así como de las comunidades locales —indígenas y campesinas— a través de acciones como el monitoreo participativo de la biodiversidad.El segundo aborda la conservación de la biodiversidad y la mejora de la conectividad de los ecosistemas y sus servicios: contempla el diseño e implementación de instrumentos para asegurar la protección de 1’051.871 hectáreas de páramo y mejorar el manejo de 13.700 hectáreas adicionales mediante planes de acción de conservación y estrategias financieras para su sostenibilidad, con lo que se busca fortalecer los esquemas de gestión para la conectividad y la recuperación de los servicios que ofrece la naturaleza.Páramos para la Vida se acerca a su cierre con avances en restauración y conservación. Foto:Instituto HumboldtEl tercer componente se concentra en la transición hacia actividades de conservación y uso sostenible de la biodiversidad, especialmente en 4.800 hectáreas de paisajes de páramo, e involucra directamente a más de 5.800 personas —50 % mujeres y 50 % hombres— en la creación de alternativas de reconversión productiva, para que adopten prácticas amigables con la biodiversidad e impulsen actividades de bajo impacto como el ecoturismo, el agroturismo y la agrobiodiversidad con especies nativas. El cuarto y último componente está dedicado a la gestión del conocimiento, el monitoreo y la evaluación: allí se sistematizan las lecciones aprendidas y se consolida una red institucional para replicar y ampliar las experiencias exitosas en otros complejos de páramo del país.Las cifras del avanceSegún ese tablero de medición —actualizado al 28 de agosto de 2026—, el proyecto ha beneficiado directamente a 5.026 personas, frente a una meta final cercana a 5.800, con paridad de género en el diseño del indicador. En restauración, la cifra reportada es de 2.856,77 hectáreas de una meta de 4.389, es decir, un avance del 65 % sobre la meta final, concentrado sobre todo en Cauca (66 %), Tolima (19 %), Nariño (13 %) y Boyacá (2 %), en 189 predios de seis municipios. Más de dos tercios de esas hectáreas corresponden a restauración activa —siembra, cercados, enriquecimiento de bosques— y el resto a restauración pasiva, es decir, aislar el área para que el ecosistema se regenere solo.En el frente productivo, 812 familias han recibido acciones de reconversión, con cerca de 2.198 hectáreas reconvertidas hacia sistemas silvopastoriles y agroecológicos, en el marco del trabajo con productores de papa, cebolla y ganaderos, tres de las actividades que más presión ejercen sobre el páramo. El proyecto reporta además 50 organizaciones fortalecidas, por encima de la meta de 32, y 41.342 hectáreas bajo esquemas complementarios de gestión —reservas de la sociedad civil, territorios de vida indígenas y otras medidas de conservación distintas a los parques nacionales—, superando también la meta prevista. LEA TAMBIÉN El único gran pendiente es el indicador de hectáreas bajo mejor gestión en áreas protegidas administradas por Parques Nacionales, que aún aparece en blanco en el tablero, con un 21 % de avance en el proceso que lo sustenta; la meta se cumpliría, según la coordinadora, hacia junio de 2027. “Cada uno de esos vacíos que se ven entre la meta y el avance real tiene detrás un plan. Todo tiene un plan, y estamos trabajando en lo que queda de este año y del próximo para alcanzar esas metas”, afirma García-Loaiza, quien resume el balance interno del proyecto —consensuado con el Ministerio de Ambiente y el PNUD— como “satisfactorio”.El proyecto Páramos para la Vida llega a su recta final con 65 % de avance en restauración. Foto:Ministerio de AmbienteUno de los puntos que más defiende la coordinadora es que la restauración de un páramo no se reduce a plantar árboles. “A veces a un páramo le va mejor encerrándolo, disminuyendo los tensionantes que generan presión sobre ese ecosistema y dejando que él solo se regenere. A veces sí necesita una ayuda sembrando. El tipo de restauración cambia dependiendo del contexto”, explica.Ese enfoque diferencial se refleja también en el trabajo con comunidades indígenas, para quienes el proyecto ha acompañado la incorporación de criterios ambientales en sus planes de vida, mientras que con las corporaciones autónomas regionales ha apoyado la formulación de planes de manejo de páramo, ambos exigidos por la Ley 1930 de 2018, conocida como la ley de páramos.Un capítulo aparte es el de las 32 “subvenciones de bajo valor” —proyectos pequeños formulados y ejecutados directamente por organizaciones comunitarias con acompañamiento técnico y financiero del PNUD—, de las cuales 19 ya se cerraron. Y otro, el del manejo del fuego: el proyecto impulsó la conformación de brigadas comunitarias de prevención de incendios, dotadas y certificadas junto con los cuerpos de bomberos y las unidades de gestión del riesgo, cuyo trabajo —dice García-Loaiza— se ha hecho evidente en la reciente temporada de incendios en el país.El pendiente del cierre mineroUno de los indicadores más ambiciosos del diseño original del proyecto tuvo que ajustarse sobre la marcha. La meta inicial era acompañar el cierre de cinco minas ubicadas en zona de páramo, prohibidas desde la expedición de la ley de páramos. Pero, como reconoce García-Loaiza, “en el país todavía no es claro cómo realizar un proceso de cierre minero” en estos ecosistemas, y hacerlo en cinco minas en el tiempo del proyecto resultó inviable.El equipo negoció entonces con los financiadores ajustar el alcance a un solo caso piloto: el del complejo minero El Vinagre, en un resguardo indígena del Cauca, que lleva años en proceso de cierre. La apuesta, dice la coordinadora, es sistematizar esa experiencia y convertirla en una guía para que las demás corporaciones autónomas regionales —que tienen la competencia de acompañar y regular estos cierres— sepan cómo proceder en casos similares. LEA TAMBIÉN Lo que está en juegoA poco menos de un año del cierre formal del proyecto —aunque el equipo gestiona, sin que aún sea oficial, una prórroga hasta diciembre de 2027—, García-Loaiza insiste en que el reto de fondo no termina con la ejecución de GEF-Páramos para la Vida.“El Instituto Humboldt invita al nuevo gobierno a posicionar a los páramos como el eje transversal del desarrollo sostenible de Colombia”, señala, y advierte sobre lo que está en juego si el país no lo hace: la biodiversidad, la seguridad hídrica, la bioeconomía, la adaptación al cambio climático y la paz territorial deberían integrarse, dice, en una sola estrategia nacional y no seguir tratándose como agendas separadas. LEA TAMBIÉN Lina García-Loaiza, coordinadora general del proyecto e investigadora del Instituto Humboldt. Foto:Archivo particular“El desafío consiste en consolidar una política pública de inversión que fortalezca las capacidades ya instaladas, porque el proyecto GEF termina y se va. La sostenibilidad de este proceso debe ser fortalecida a través de una política de inversión que permita seguir movilizando recursos y convierta la gestión integral de páramos en una apuesta estructural del próximo Plan Nacional de Desarrollo”, plantea la coordinadora, quien reconoce además que el contexto de seguridad en regiones como Cauca, Tolima, Santander y algunas zonas de Boyacá —y los eventuales cambios de rumbo con el actual gobierno— son variables que el proyecto no controla, pero que pueden incidir en el cumplimiento de las metas restantes.Como legado adicional, el proyecto espera dejar funcionando una red nacional de intercambio de experiencias en gestión de páramos, integrada por actores comunitarios e institucionales, que continúe operando de manera autónoma una vez termine la financiación del GEF.“Es un proceso que ha sido construido desde el amor y la pasión de un equipo increíble”, dice García-Loaiza. Ese equipo tiene ahora menos de un año para cerrar la brecha entre las metas trazadas en 2022 y lo que hoy muestra el tablero de indicadores.EDWIN CAICEDOPeriodista de Medioambiente y Salud @CaicedoUcros Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.