El miércoles, ante ministros y empresarios del G20 reunidos en Estados Unidos, Sam Altman comparó negarse a la inteligencia artificial con haber rechazado la electricidad hace un siglo. Al principio hubo accidentes; luego nos acostumbramos a que simplemente estuviera ahí y fuera segura. Así cree que será la IA: dejaremos de hablar de ella. Cualquier niño que nazca hoy, agregó, crecerá sabiendo que existe una inteligencia superior a la suya. Como una lámpara LED encendida de noche. Un día después, OpenAI presentó GPT-6 Astra y su presidente, Greg Brockman, nos dio la bienvenida a la era de la inteligencia artificial general (AGI), una inteligencia tan o más capaz que cualquier humano. Pasamos de compararnos con lamparita a superar a la inteligencia humana en veinticuatro horas.
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En la entrevista con el secretario de Comercio estadounidense y ministros de tecnología de distintos países, incluida la Argentina, Sam Altman dejó su recomendación principal: adoptar IA para un país es “innegociable”. Cada país podrá regularla y usarla de manera diferente, pero no ignorarla, porque el crecimiento económico y la mejora en la calidad de vida serían demasiado grandes. También pronosticó el mayor auge de emprendedores y pequeñas empresas de la historia. El desafío de los países no es elegir entre acelerar o frenar, sino decidir quién conduce, quién paga el viaje y qué ocurre cuando el vehículo ya sabe manejar solo" El argumento tiene lógica: una tecnología de propósito general puede elevar la productividad y permitir que una empresa pequeña haga cosas antes reservadas a una multinacional. Jensen Huang, de NVIDIA, completó la idea: la IA debe tratarse como infraestructura, igual que el agua, las rutas o Internet. Es una recomendación interesante viniendo, claro, de quienes venden la central eléctrica, las turbinas y, en algunos casos, también el medidor. El mensaje encontró terreno fértil. Los ministros consensuaron los Principios de Carolina para Tecnologías Emergentes, un documento no vinculante que propone investigación, inversión público-privada, pruebas reales, compras estatales innovadoras y menos obstáculos para llevar inventos al mercado. También acordaron los Objetivos del G20 para la Prosperidad con IA, centrados en alfabetización, formación docente, becas, prácticas laborales y reconversión profesional, y un pacto para que empresas e instituciones inviertan en capacitación a la población. El pacto termina con una línea en blanco para que cada organización escriba su nombre. La capacitación de la población es fundamental, coincido. Al mismo tiempo GPT-6 Astra no es simplemente un chatbot que redacta correos más prolijos. OpenAI lo presenta como un salto para usar computadoras, programar, investigar y realizar tareas profesionales de varios pasos. Algunos directivos ya hablan de AGI, aunque no exista consenso sobre qué significa esa sigla ni una prueba universal para declararla alcanzada. La propia OpenAI reconoció que Astra llegó al nivel “crítico” de capacidad en ciberseguridad dentro de su marco interno: con las herramientas adecuadas puede descubrir fallas desconocidas y explotarlas sin instrucciones humanas para cada paso. El problema sería confundir una política favorable a la innovación con una política favorable a sus proveedores" Por eso demoró el desarrollo, reforzó controles y reservó las funciones más sensibles para accesos restringidos. Altman también admitió que los modelos se vuelven sobrehumanos en varias capacidades y que estamos “navegando en aguas desconocidas”. La escena resume el momento. La adopción es innegociable, pero las salvaguardas son voluntarias. Los países deben acelerar mientras las empresas deciden cuándo frenar, qué pruebas publicar, quién accede a capacidades peligrosas y si sus medidas son suficientes. Es como comprar un auto cuyo fabricante también redacta el examen de seguridad, administra el registro de conducir y nos pide confiar en que guardó la versión más veloz en un garaje seguro. Eso no convierte a los Principios de Carolina en una mala idea. Evitar regulaciones absurdas, promover la investigación, formar a la población y abrir las compras públicas a empresas innovadoras son objetivos valiosos. El problema sería confundir una política favorable a la innovación con una política favorable a sus proveedores, como ya vimos en esta columna que ocurrió en la Ciudad de Buenos Aires con la IA obligatoria en la escuela primaria. Si la IA transforma empleos más rápido de lo que crea otros, alguien deberá financiar esa transición" Para la Argentina y otros países que no producen modelos de frontera, “adoptar IA” no puede significar solamente comprar suscripciones extranjeras, importar centros de datos y flexibilizar permisos para no perderse la foto con Altman. Una estrategia sensata debería construir capacidad propia: cómputo para universidades y pymes, formación docente y técnica de calidad (no con videos de las empresas) investigación sostenida, datos públicos, compras estatales que prueben soluciones locales y energía para la infraestructura. También hacen falta reglas exigibles: auditorías para usos críticos, reporte de incidentes, responsabilidad ante daños, supervisión humana real y transparencia sobre el consumo de agua, energía y dinero público. La capacitación tampoco puede reducirse a una promesa genérica de “reconversión”. Si la IA transforma empleos más rápido de lo que crea otros, alguien deberá financiar esa transición y medir sus resultados. La Argentina está llena de capacitaciones tecnológicas que terminaron con millones de dólares tirados a la basura por ser aplicados por personas ajenas al sector. Nuestro país adhirió a estos acuerdos del G20 mediante la secretaria de Innovación, Ciencia y Tecnología, la misma de la que hablé la semana pasada. Sí, la funcionaria que presentó un doctorado en IA que hoy está bajo denuncia penal por presuntamente haber sido comprado por 400 US$. Altman tiene razón en algo importante: quedarse afuera puede ser muy costoso. Entrar sin estrategia, también. El desafío de los países no es elegir entre acelerar o frenar, sino decidir quién conduce, quién paga el viaje y qué ocurre cuando el vehículo ya sabe manejar solo mientras nosotros miramos por la ventana, convencidos de que ya todo es innegociable.













