Hay un momento de la tarde, generalmente cuando el sol empieza a caer de costado y el café rancio del estudio ya parece petróleo, en el que uno se da cuenta de que la realidad argentina no es más que una carrera de monoplazas, pero sin tracción integral y con la pista permanentemente regada con gasoil. Ustedes dirán: “Rebord, ¿qué carajo decís?” Les explico. Entre Manu y Luis se armaron una de esas cosas que rozan lo psiquiátrico pero coquetean con la genialidad: una clasificación de escudos, una huevada hermosa para arrancar el Torneo de Tapas de la Argentina, edición Clausura 2026. Temporada en curso. Primera fecha jugada. Y yo, que tengo la psiquis absolutamente loteada por la coyuntura, no puedo dejar de mirar la parrilla de salida con la misma ansiedad con la que un tipo en la tribuna de la Curva de Atturi espera el choque en la primera vuelta. Porque hay que entender cómo se corre esto, gordo. Hoy se sale con pista mojada. Hay escuderías que salen a especular, a morder el piano y raspar un puntito para la tabla anual. Mirás BAE Negocios, por ejemplo. Escudería austera, de la que no esperás una maniobra lírica pero sabés que te termina la carrera sin romper la suspensión. Tapa industrial, el cruce de Caputo con los industriales, el súper RIGI trabado, Milei armando las valijas para Chile... Un mamotreto de cuatro puntos. Pero ojo con subestimar a las carrocerías rácanas que van sumando de a cuatro todos los domingos: el torneo es largo, hermano. El torneo es larguísimo. En la constancia del cuatro se esconde la verdadera mística del promedio.