La música llegó a Roxana Restrepo por el lado del patinaje, actividad deportiva que escogió en el colegio, pero ver a sus compañeras cantando y tocando algún instrumento en la clase de música despertó en ella un amor que definiría su vida. Su mamá le dijo que sí y también contó con la influencia de su primo hermano, quien tocaba guitarra. Vivía en una casa musical. Nirvana y Korn hacían parte de la banda sonora de la pequeña. “Mi mamá escuchaba Kiss, Led Zeppelin, Marilyn Manson, la influencia fue desde ahí. No sabría decirte qué hizo que me quedara. De pronto, el crecer en una familia muy rockera. Siento que eso influyó en mi oído, en mi forma de ver la vida, en mi forma de ser y como cantaba. Me empezaron a gustar las líricas, las melodías, la exigencia del rock en el canto”.

Descubriendo su voz

Tenía 11 años y era una niña tímida cuando le pidieron a Germán Arredondo, su profesor de técnica vocal, que le ampliara el rango de su voz. “Él empezó a hacerme ejercicios cuando descubrió que yo podía dar más. Ahí comencé a entender que tenía la capacidad de cantar alto y agudo. Estudiando canto desde muy pequeñita, me empecé a descubrir en esta vocación y entendí que tenía una voz maravillosa que me ha permitido cantar cosas complejas y también hacer contacto con otras músicas, que también las disfruto mucho”. Pero mientras todo se desarrollaba muy bien con la música comenzó a tener problemas escolares. Estudiaba en un colegio femenino e integraba la orquesta de la institución, encargada de cantar en las misas y las festividades del colegio. Empezó a resaltar, a ganar concursos y eso provocó una mala reacción de sus compañeras. “No sé si eso le podemos llamar ‘matoneo’, que te hacen a un lado, te ignoran, como que lo que dices no es, no te prestan atención para hacerte sentir mal”. Esa ley del hielo que duró casi tres años y la llevó a bajar mucho de peso, también la hizo fuerte y resistente, pues hizo de la situación adversa una oportunidad para crecer. “Lo que hacía en los descansos era irme a la sala de sistemas a escuchar música y empecé a tener contacto con el metal pesado, el ‘black metal’, el ‘death metal’. De pronto la fuerza me hacía sentir como resistente a todo lo que me estaba pasando. Empecé a conocer mucho del rock. Y ese fue mi refugio, porque los descansos eran tormentosos para mí con ellas”. Pero la situación se volvió dramática: “entré en depresión, no comía, bajé mucho de peso”, recuerda la artista. Su mamá tomó cartas en el asunto y la cambió de colegio. Llegó a una institución mixta y se encontró con compañeros a quienes les gustaba el rock, el pop, la música electrónica. Se identificó con los metaleros y de los rockeros. “Me sentí parte de algo, me sentí escuchada. Fue una etapa durita y me ayudó como a volverme una mujer muy resistente a ese tipo de situaciones”.