EntrevistaSu madre sostiene que desde el comienzo advirtió a las autoridades que algo no estaba bien.La joven logró compartir una ubicación desde una zona rural de Pasca, Cundinamarca. Su familia viajó hasta Fusagasugá y la encontró cerca del terminal de transporte. Foto: Archivo particularSUBEDITORA DE BOGOTÁ 02.09.2026 17:45 Actualizado: 02.09.2026 17:45

Mónica no esperó a que el carro terminara de detenerse. Desde la distancia reconoció a su hija cerca del terminal de Fusagasugá y corrió hacia ella. Sara estaba allí, después de varios días sin regresar a su casa, sin explicar dónde había estado y acompañada por un pequeño gato que había recogido durante las últimas horas de su recorrido. Su madre la abrazó. No quiso preguntarle nada. Dice que le bastaron el aspecto de la adolescente, la manera en que se encontraba y ese primer contacto para entender que no había estado bien. "Solo verla, tocarla y olerla fue suficiente para saber que algo le había pasado". La historia había comenzado el jueves 30 de julio en Santa Viviana, en Ciudad Bolívar. Sara, de 16 años, cursaba décimo grado y aquella tarde regresó normalmente del colegio. Su mamá estaba trabajando cuando recibió una videollamada. “Hola, ma”, le dijo la adolescente. Luego giró la cámara para mostrarle que ya estaba en la casa. Mónica le pidió que hiciera las tareas, ayudara con el aseo y dejara guardados unos dispositivos electrónicos que utilizaban en familia. “Bueno, ma”, contestó antes de terminar la conversación. Fue la última comunicación entre ellas.Cuando Mónica regresaba a casa, cerca de las siete de la noche, comenzó a llorar antes de entrar. No sabía todavía qué ocurría. Dejó la motocicleta en el corredor y se encerró en su habitación. Poco después, una de sus hermanas se acercó y le dio la noticia: Sara se había ido y nadie sabía dónde estaba.Al principio Mónica pensó que podía haberse encontrado con algún amigo o que había salido sin pedir autorización. Esa posibilidad, sin embargo, empezó a perder sentido cuando revisaron la habitación. No faltaba ropa ni había preparado una maleta. Su hijo recordó que la adolescente había salido todavía con la sudadera del colegio. Además, una sobrina permitió acotar el momento de la desaparición: Sara estaba en casa poco después de las cuatro de la tarde y antes de las 4:48 ya no estaba.La familia recorrió el barrio y preguntó entre conocidos. Nadie sabía dónde estaba. Mónica esperaba que en cualquier momento llegara una llamada o un mensaje. Sara utilizaba con frecuencia las redes sociales y, según su mamá, siempre encontraba la manera de conectarse a internet. Pero pasó la noche del jueves, llegó la madrugada del viernes y el teléfono continuó en silencio. “Ella no se desconectaba así. Yo sabía que, si podía, iba a buscar la forma de escribirme”.De madrugada, Mónica decidió ir al colegio. Llevó a su otro hijo a estudiar y pidió hablar con la coordinadora y con las compañeras más cercanas de Sara. Una de las estudiantes recordó entonces una conversación de días atrás: la adolescente habría dicho que existía una persona que podía ayudarla y darle dinero. Sus amigas, aseguró la madre, lo habían entendido como una broma y no le dieron importancia.La coordinadora le recomendó formalizar inmediatamente la desaparición. Mónica comenzó entonces un recorrido por entidades y oficinas. Acudió a Medicina Legal y a la Fiscalía y entregó la información disponible. Según su relato, allí le dijeron inicialmente que podía tratarse de una “evasión voluntaria” y que probablemente la adolescente se comunicaría o regresaría en pocos días.A Mónica esa explicación no la convencía. Repetía dos datos: su hija había salido con el uniforme y no contestaba el teléfono. También insistía en que Sara prácticamente nunca salía sola y que incluso para reunirse a hacer tareas acostumbraba hacerlo acompañada. “Yo conozco a mi hija”, recuerda haber repetido.Mientras esperaba avances oficiales, la familia consiguió grabaciones de cámaras del sector. En ellas alcanzaron a reconstruir parte del trayecto de Sara y observaron que abordó un bus del SITP de la ruta 611. Las imágenes no permitían distinguir la placa. Mónica entregó ese dato para que las autoridades intentaran reconstruir el recorrido mediante otras cámaras.Ella siguió haciendo lo que estaba a su alcance, como preguntar, recorrer calles, compartir información y repartir volantes. El sábado, mientras intentaba llegar a medios de comunicación para divulgar la desaparición, recibió un mensaje desde el WhatsApp de Sara. “Hola, mamita hermosa”. Mónica se detuvo en esas tres palabras. Su hija no solía llamarla de esa manera, asegura. Le decía “ma”, “mami” o “mamá”.Después apareció otro mensaje: que estaba bien y que no la buscaran. La madre intentó llamar inmediatamente, pero nadie contestó. Mostró las conversaciones a los investigadores y volvió a insistir en que, para ella, esos mensajes no demostraban que Sara hubiera abandonado voluntariamente la casa.chats Foto:Archivo particularPasaron otros días. El miércoles 5 de agosto, cerca de las tres de la tarde, volvieron a a escribir desde el contacto de Sara.“Hola, mamita”. Mónica pidió escucharla. La respuesta que recibió fue: “Espera, mi mamita, pido permiso”. Poco después entró una llamada. Esta vez sí escuchó la voz de su hija. Sara estaba llorando.“Mi amor, ¿cómo estás? ¿Te pasó algo?”, le preguntó.“Mami, no puedo hablar”. Mónica intentó averiguar dónde estaba. Le pidió encender la ubicación del teléfono, compartirla o darle cualquier referencia que permitiera encontrarla. La adolescente repetía que no podía hacerlo.“Le dije: ‘Yo te ayudo, pero ayúdame tú a encontrarte’. Ella solo me respondió: ‘Mami, perdóneme’”.Mónica le dijo que no tenía nada que perdonarle. Quería saber dónde estaba y quién estaba con ella. La comunicación terminó abruptamente.Amenazas aterradoras Unos veinte minutos después aparecieron mensajes amenazantes en los estados de WhatsApp y Facebook de la adolescente. Según la madre, los textos advertían a la familia que dejara de buscarla y de pedirle la ubicación. Uno de ellos planteaba que de la familia dependía que la joven fuera devuelta “en bolsa o entera”. Los mensajes aseguraban además que estaba en poder de una guerrilla.Mónica llevó las amenazas a la Fiscalía. De acuerdo con su versión, funcionarios le dijeron que no consideraban creíble que una organización guerrillera estuviera detrás de lo sucedido. Ella respondió que, independientemente de quién hubiera escrito los mensajes, para ella había una conclusión evidente: alguien estaba controlando el teléfono y a su hija.La comunicación volvió a desaparecer. Durante los siguientes días Mónica alternó el trabajo con recorridos por la Fiscalía, Medicina Legal y distintos puntos de Bogotá. También contactó a una fundación que acompaña a familias de personas desaparecidas. Dice que empezó a recorrer sectores del centro de la ciudad que jamás había visitado. Iba en motocicleta preguntando y buscando alguna pista.Hasta que llegó otro mensaje.El escapeEra el sábado. Una sobrina comenzó a llamar a Mónica insistentemente. Cuando contestó, escuchó la noticia que llevaba días esperando: Sara había conseguido enviar una ubicación y estaba pidiendo que fueran por ella.El punto aparecía en Pasca, Cundinamarca, en una zona rural más allá de Fusagasugá. La explicación inicial era fragmentaria. Sara aseguraba haber escapado, haber caminado hasta llegar a una finca y haber pedido ayuda allí. Una mujer le había dado agua y jugo y le permitió conectarse a internet. Mónica llamó a su esposo y salieron inmediatamente en carro hacia Cundinamarca.Durante el trayecto pudo volver a comunicarse por mensajes con la adolescente. “Mami, tengo miedo”, le escribió. “Quédate ahí. Mamá va por ti”, respondió ella.Como el recorrido desde Bogotá podía tomar varias horas, Mónica pidió a su hija que preguntara si alguien podía acercarla hasta Fusagasugá. El hijo de la mujer que la había auxiliado trabajaba transportando pasajeros y aceptó llevarla hasta el terminal a cambio del pago de la carrera.Mónica llegó allí alrededor de las dos de la tarde. Sara todavía no aparecía. Esperaron. Pasaron las tres. La madre llamó nuevamente a los investigadores y comunicó la ubicación que había recibido. Según cuenta, le recomendaron esperar y le advirtieron sobre el riesgo de desplazarse directamente hacia esa zona mientras existía una investigación. Ella decidió hacerlo de todas maneras. “Les dije: ‘Si ustedes no van, yo sí voy. Es mi hija. Si me pasa algo, sabrán que fue buscándola’”.Mónica, su esposo y otro familiar comenzaron a subir hacia el punto señalado por el teléfono. Habían avanzado algo más de un kilómetro cuando Sara llamó: ya estaba en el terminal. Entonces dieron la vuelta y cuando se aproximaban, uno de los hombres que viajaba con Mónica la vio primero. “Ahí está”.La madre abrió la puerta antes de que el vehículo terminara de acomodarse y corrió hacia ella.El hombre que había trasladado a Sara les contó que esa mañana la adolescente llegó a la finca pidiendo ayuda. Su familia le dio algo de beber y accedió a transportarla. También les preguntó qué hacía una menor sola en ese sector, que consideraba peligroso.Mónica tampoco podía responderlo.Los exámenes Todos regresaron inmediatamente a Bogotá y llevaron a Sara a un hospital. Allí comenzó otra parte de la historia Cuando el personal médico intentó reconstruir lo sucedido durante su desaparición, la adolescente pidió que su mamá saliera del consultorio. Mónica esperó afuera hasta que uno de los médicos se acercó.Según recuerda, el profesional le dijo que necesitaba convertirse en el principal apoyo de su hija y prepararse para escuchar algo que probablemente ninguna madre espera recibir. “Mamá, su hija ha sido abusada sexualmente”, le comunicó.Mónica dice que entró en crisis. Sara permaneció hospitalizada durante cinco días. Fue valorada por diferentes profesionales, incluidos los equipos de psiquiatría y psicología, según el relato de su madre. Después recibió el alta médica, pero el tratamiento continúa.Hasta ahora la familia no sabe con precisión cuántas personas habrían participado ni cómo fue trasladada la adolescente. Mónica asegura que su hija recuerda haberse bajado de un bus y dirigirse a encontrarse con una muchacha que su familia nunca había visto.Después existen vacíos en su memoria. La madre señala que Sara ha dicho que fue subida a un vehículo, pero no recuerda con claridad lo sucedido en ese momento.Hay otro elemento que mantiene abierta la preocupación de la familia.¿Hay más niñas?Según Mónica, durante el relato entregado después de su regreso, Sara dijo que en el lugar donde estuvo había otras tres niñas. Hace pocos días su mamá se atrevió a preguntarle por ellas. “¿Por qué no pudiste traerlas contigo?”. Sara comenzó a llorar. “Mami, sentí mucho miedo”. Mónica dejó de preguntarle, ha respetado sus silencios todo este tiempo. “Por mi hija siento que no hicieron lo suficiente. Ahora lo único que pido es que encuentren a esas otras niñas”.Desde que regresó a casa, Sara no ha recuperado su rutina. Su madre cuenta que se despierta gritando algunas noches, le cuesta conciliar el sueño y necesita permanecer acompañada. Puede acostarse a la una o dos de la mañana, y Mónica permanece despierta con ella. La adolescente continúa bajo atención psicológica y psiquiátrica.Su mamá tampoco ha regresado con normalidad al trabajo. Dice que no puede dejarla sola y que cualquier preocupación económica quedó desplazada por la necesidad de acompañarla.En una de las consultas recientes, según relató Mónica, Sara expresó que no quería seguir viviendo. La familia informó la situación a los profesionales que la atienden y la adolescente continúa bajo seguimiento. “Ella no ha vuelto a sonreír”, dice su mamá. “Hay momentos en los que la miro y los ojos le reflejan mucha tristeza”.Aun así, Mónica insiste en una frase que repite desde que volvió a tenerla frente a ella: su hija está viva y está en casa.El caso, sin embargo, no terminó con su regreso.La madre espera que la investigación determine quién contactó inicialmente a la adolescente, quién manejó su teléfono durante los días en que estuvo desaparecida, quién publicó las amenazas, cómo llegó hasta la zona rural de Pasca y qué ocurrió con las otras jóvenes que Sara asegura haber visto.También mantiene un cuestionamiento sobre las primeras horas de la búsqueda. Para ella, la diferencia entre considerar a un adolescente como alguien que decidió irse de casa y tratar el caso como una posible desaparición puede ser determinante. “Las evasiones son una cosa y las desapariciones son otra. Yo les decía: ‘Mi hija no está bien’. Yo la conozco. Sabía que algo estaba pasando”.Mónica recuerda que antes de esta historia veía publicaciones de personas desaparecidas sin alcanzar a dimensionar lo que implicaban para una familia. Después conoció madres que llevan meses esperando una llamada y padres que continúan recorriendo instituciones buscando respuestas. “Hasta que la desaparición no llegó a mi casa, yo no entendía lo duro que era”, dice.Ahora duerme cuando Sara consigue dormir. La acompaña a sus citas, evita interrogarla sobre aquello que todavía no puede contar y procura que vuelva a sentirse segura dentro de la misma casa de la que salió aquella tarde con la sudadera del colegio. Su prioridad ya no es reconstruir cada minuto por cuenta propia. Quiere que la investigación lo haga. Y que encuentre a las otras niñas.La familia de la joven espera ahora que la Fiscalía General de la Nación continúe avanzando en la investigación y logre esclarecer las dudas que aún persisten alrededor del caso. Para sus allegados, es fundamental que se determinen con precisión las circunstancias en las que ocurrieron los hechos y se establezcan las responsabilidades a las que haya lugar.CAROL MALAVERSUBEDITORA BOGOTÁEscríbanos a carmal@eltiempo.com * Los nombres de la madre y de su hija fueron cambiados. Ambas solicitaron expresamente permanecer en el anonimato para proteger la identidad y la integridad de la adolescente.Lea también: Sigue toda la información de Bogotá en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.