Desde el aceleramiento técnico que empezó hace dos siglos, muchas veces el hombre se tentó a decir que “esta vez” sí la historia iba a cambiar para siempre. Que aquel último invento iba a modificar el rumbo de la humanidad. Saltos como la energía a vapor, la corriente alterna, la radiodifusión, internet, entre otros, son sin dudas transformaciones tan profundas que ya forman parte de nuestra intuición de vida más básica, como el ejemplo de Borges de los camellos en el Corán. La inteligencia artificial -y las vidas no biológicas- parece que finalmente sí podrá dar cuerpo a esa sentencia. En el pasado, una persona millonaria podía comprar lo que quisiera en su vida, menos dos cosas: tiempo y conocimiento. Hoy, por lo menos una de ellas ya es asequible para gran parte de la humanidad: el conocimiento. Y esto es así porque lo hemos exteriorizado en una herramienta que es mejor que nosotros en todos los aspectos que nos podamos imaginar. Nos supera en cálculo matemático, en conocimiento de la historia, en diseño industrial, en el arte culinario, en edición de textos, en programación informática, etcétera, etcétera, etcétera.

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